“HABRÍA QUE INVENTARLA”
Incluso podría ser necesario. Hay un antiguo dicho, que suena irreverente a algunos, y es un epigrama impecable: “Si Dios no existiera, habría que inventarlo”. No está, a fin de cuentas, tan alejado de algunas de las pintorescas cuestiones que Tomás de Aquino se plantea. Pero hoy no tenemos tiempo ni interés en leer su estructuración racional de la fe. Tampoco sabemos ya latín. Ni nos interesa fingir hipótesis fantasiosas para estabilizar nuestros apabullados circuitos mentales.
Los católicos están tan cerca de pensar que el Papa nunca se equivoca, como de atribuir semejante gloriosa prerrogativa al telediario de la cadena televisiva más comprometida con la verdad o a la redacción del periódico menos parcial, sectario o sesgado del mundo o, sencillamente, a sí mismos, si no han abandonado la cordura o esta no les ha abandonado a ellos. Ninguno puede presumir de un acercamiento no defectivo a la realidad.
Las propuestas católicas no son imposiciones ni siquiera en materia de fe: son anuncio, exposición –ordinariamente serena- de puntos de vista particulares propios suyos: con denominación de origen característica. Si una persona no los comparte, es muy dueña de no hacerlo. Es más, la propia Iglesia Católica le dirá, de acuerdo con su convicción, que haría mal si las asumiera sin que su propia conciencia las compartiera. Es un mal obligar a hacer el bien, como Benedicto XVI ha expuesto con lucidez en su último escrito sobre la Esperanza. Y la libertad de las conciencias es un bien que la iglesia defiende.
A la vez, las gentes tienen derecho a conocer la sustancia del mensaje del que la Iglesia es portadora. Y de analizarlo con su propia inteligencia. Por lo tanto, nadie puede arrogarse el supuesto derecho de tapar la boca al Papa, de acallar su voz, de negarle alcance y autonomía en su ámbito. Y nadie tiene la obligación de compartir sus puntos de vista, si no le convencen. Aunque todos sintamos la necesidad de buscar y conocer la verdad, nadie nos la puede imponer. Tampoco la Iglesia. Y tan poco como ella, cualquier otro, llámese como se llamare. Por lo menos una ventaja grande tiene: si usted no es católico, nadie le llevará a la cárcel por eso. Más frecuente es que acabe en ella por serlo, pues hay muchos tipos de “cárceles”.
Hoy por hoy, sería difícil encontrar una instancia más crítica que la propia Iglesia católica. Expone su juicio con independencia a los más altos y glamorosos políticos occidentales, por deslumbrantes, orgullosos, solemnes y aparentemente exitosos que se presenten, hasta los habitantes de las cotas mínimas de representatividad democrática o del relumbrón institucional, y hasta lo marginal y exótico.
Un juicio crítico que es un juicio moral. Insobornable y desinteresado. Un juicio encarnado en personas que, por idiosincrasia, temperamento o entrenamiento, no se mueven impelidas por las ordinarias ambiciones de la gloria militar, o las del poder, o por el dinero. Ni siquiera por las tradiciones más o menos tribales que atan a los hombres. Ni por el presumible respeto que la presión de príncipes, reyes, jefes de gobierno o de estado, magnates del imperio económico mundial, gerentes de lucrativos negocios de la muerte, capos de la mafia, corruptos de niveles varios, estrellas de cine, déspotas orientales, ONG´s, periodistas o terroristas, quisieran imprimir. Sorprendentemente inamovible cuando se pretende trastear lo que entiende que es la verdad.
No olvidaremos ingenuamente tampoco que, incluso los dedicados a este oficio, no siempre practicarán lo que profesan. El abuso cabe en cualquier ideal. Pero muchos tutores de la humanidad, ni siquiera aceptarán profesarlo. Sabemos que la humanidad, globalmente considerada, nunca ha sido especialmente humanitaria.
Este trabajo no lo hace nadie, aparte de la Iglesia católica. Una instancia que es exclusivamente moral; que asesora, sin privar de la libertad; que corrige, sin dejarse impresionar por la eventual mala interpretación de sus palabras; que no se calla, a pesar de que conoce perfectamente las polvaredas que levantarán –en ciertos medios- sus palabras.
Una cosa así - por decirlo sin ambages -, si no la hubiera, habría que inventarla. El efecto espejo suscitado por IU, imitando al parlamento belga, no hace sino confirmarlo.
sábado, 2 de mayo de 2009
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