“LOS MITOS INDÓMITOS”
Se cuenta de Aristóteles que murió a los 62 años, de cáncer de estómago, en su relativa ancianidad y ya aislado y solitario, escribió: “cada vez soy más amante de los mitos”.
Este gran filósofo de la antigüedad, para quien no tenemos ya tiempo ni interés, habría considerado ridículo describir los fenómenos que veía prestando atención solamente a un solo orden o categoría de principios, y atribuyendo a estos todo lo que ocurre en el universo. Habría sido indigno de un genio tan observador, penetrante, fértil y analítico como Aristóteles afirmar que todo lo que acontece sobre la faz de la tierra puede explicarse mediante la materia, sin intervención alguna de los agentes morales. Hoy tenemos, en cambio, una hipersensibilidad invertida: las cuestiones que implican necesidad, responsabilidad, criterios morales y exigencias de la virtud, de acierto en el comportamiento, se nos indigestan.
Un terrorista – múltiple asesino- denuncia a sus jueces, sin dejar de sonreír, pues le parece épico su comportamiento y su causa lo merece. Parece lógico pensar que nadie –ninguna mente normal- arriesgaría su propia inteligencia hasta personificar la irracionalidad, de no estar muy convencido. Pero la justicia es otra cosa. Unos “holigans” protestan, porque la policía, al cachearlos, no “supo encontrar” su amplia panoplia de “argumentaciones deportivas”: bates de baseball para atizar al contrario; ¿falta de profesionalidad en la Policía? ¿No es más bien demostración de tremenda ausencia de templanza en forofos futbolísticos? Son lovers de su equipo. Pero la justicia es otra cosa. Una rica heredera, con un sincero respeto por los sentimientos hogareños y las buenas maneras, dona no sé cuántos millones de dólares a su mascota: un perro. Su dinero era suyo. Pero, ¿No es una prodigiosa falta de proporción si se tiene en cuenta la magnitud de la miseria humana en tantas partes de nuestro opulento mundo? La justicia es otra cosa. Aristóteles, ¿no habrá quizás exagerado al hablar con admiración del intelecto humano?
Hace años, la Europea Liga de Naciones, nombre de reminiscencias futbolísticas, solicitó a un afamado escultor anglosajón un monumento escultórico que expresara la necesidad de paz, la necesidad más directa y vital, por no decir la más terrible e imprescindible, de todos los hombres, cristianos o no. Tuvo el imperdonable desliz de introducir en el diseño, entre muchos otros, un determinado símbolo. Resultó coincidir con el que para un cristiano significa, del modo más eminente, el ansia de paz.
El diseño fue rechazado, porque se pensó que corría el riesgo de que no fuera aceptado por los no cristianos. Es conjetura razonable que fuera rechazado más por los anticristianos de Europa que por los no cristianos de fuera de Europa. Es dudoso que un respetuoso budista, o un seguidor de Confucio objeten un emblema místico, venga de quien venga. En cuanto al Islam –en lo que a símbolos respecta- bastará decir que pueden encontrarse en la Sura 57 del Noble Corán la mención, llena de respeto, de Isa, hijo de Miryam. No me parece suficiente, pero es tanto como algunos teólogos católicos le conceden.
Lo que produce una llamativa perplejidad de orden práctico es el desprecio que muchos europeos –hablemos ya del momento actual-, sienten por la religión de su propio pasado. Esto es una curiosa paradoja histórica. No sé si alguna vez ha creído alguien en Apolo, con su carro alado. Ni si lo ha hecho en Zeus Tonante, que amontona nubes, inmerso en un cúmulo de modernos problemas de violencia doméstica; o en Afrodita, la diosa del amor; o en Atenea o Hera, las diosas de ojos de lechuza y novilla, respectivamente. Que me perdone Homero. Es posible que sintiera en lo profundo de su corazón que su religión estaba muerta. Quizás es también la nostalgia que Aristóteles expresaba, al anhelar los mitos, sin poder llegar más allá. Vivió en el siglo IV antes de Cristo.
Si el cristianismo fuera en realidad un último mito, no preocuparía a nadie un símbolo más o menos. Lo mismo se podría utilizar un crucifijo en un aula, que un pelícano, un pez que una ninfa o un cupido. Pero hay una diferencia entre el cristianismo y todas estas bellas religiones antiguas: todos saben en el fondo de su corazón que no está muerta. Para muchos, detrás de los símbolos, aparece una realidad que, entre otras cosas, impide aceptar comportamientos como los descritos más arriba. Nadie lo sabe mejor que los que quieren que muera.
jueves, 30 de abril de 2009
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