jueves, 30 de abril de 2009

“LOS MITOS INDÓMITOS”
Se cuenta de Aristóteles que murió a los 62 años, de cáncer de estómago, en su relativa ancianidad y ya aislado y solitario, escribió: “cada vez soy más amante de los mitos”.
Este gran filósofo de la antigüedad, para quien no tenemos ya tiempo ni interés, habría considerado ridículo describir los fenómenos que veía prestando atención solamente a un solo orden o categoría de principios, y atribuyendo a estos todo lo que ocurre en el universo. Habría sido indigno de un genio tan observador, penetrante, fértil y analítico como Aristóteles afirmar que todo lo que acontece sobre la faz de la tierra puede explicarse mediante la materia, sin intervención alguna de los agentes morales. Hoy tenemos, en cambio, una hipersensibilidad invertida: las cuestiones que implican necesidad, responsabilidad, criterios morales y exigencias de la virtud, de acierto en el comportamiento, se nos indigestan.
Un terrorista – múltiple asesino- denuncia a sus jueces, sin dejar de sonreír, pues le parece épico su comportamiento y su causa lo merece. Parece lógico pensar que nadie –ninguna mente normal- arriesgaría su propia inteligencia hasta personificar la irracionalidad, de no estar muy convencido. Pero la justicia es otra cosa. Unos “holigans” protestan, porque la policía, al cachearlos, no “supo encontrar” su amplia panoplia de “argumentaciones deportivas”: bates de baseball para atizar al contrario; ¿falta de profesionalidad en la Policía? ¿No es más bien demostración de tremenda ausencia de templanza en forofos futbolísticos? Son lovers de su equipo. Pero la justicia es otra cosa. Una rica heredera, con un sincero respeto por los sentimientos hogareños y las buenas maneras, dona no sé cuántos millones de dólares a su mascota: un perro. Su dinero era suyo. Pero, ¿No es una prodigiosa falta de proporción si se tiene en cuenta la magnitud de la miseria humana en tantas partes de nuestro opulento mundo? La justicia es otra cosa. Aristóteles, ¿no habrá quizás exagerado al hablar con admiración del intelecto humano?
Hace años, la Europea Liga de Naciones, nombre de reminiscencias futbolísticas, solicitó a un afamado escultor anglosajón un monumento escultórico que expresara la necesidad de paz, la necesidad más directa y vital, por no decir la más terrible e imprescindible, de todos los hombres, cristianos o no. Tuvo el imperdonable desliz de introducir en el diseño, entre muchos otros, un determinado símbolo. Resultó coincidir con el que para un cristiano significa, del modo más eminente, el ansia de paz.
El diseño fue rechazado, porque se pensó que corría el riesgo de que no fuera aceptado por los no cristianos. Es conjetura razonable que fuera rechazado más por los anticristianos de Europa que por los no cristianos de fuera de Europa. Es dudoso que un respetuoso budista, o un seguidor de Confucio objeten un emblema místico, venga de quien venga. En cuanto al Islam –en lo que a símbolos respecta- bastará decir que pueden encontrarse en la Sura 57 del Noble Corán la mención, llena de respeto, de Isa, hijo de Miryam. No me parece suficiente, pero es tanto como algunos teólogos católicos le conceden.
Lo que produce una llamativa perplejidad de orden práctico es el desprecio que muchos europeos –hablemos ya del momento actual-, sienten por la religión de su propio pasado. Esto es una curiosa paradoja histórica. No sé si alguna vez ha creído alguien en Apolo, con su carro alado. Ni si lo ha hecho en Zeus Tonante, que amontona nubes, inmerso en un cúmulo de modernos problemas de violencia doméstica; o en Afrodita, la diosa del amor; o en Atenea o Hera, las diosas de ojos de lechuza y novilla, respectivamente. Que me perdone Homero. Es posible que sintiera en lo profundo de su corazón que su religión estaba muerta. Quizás es también la nostalgia que Aristóteles expresaba, al anhelar los mitos, sin poder llegar más allá. Vivió en el siglo IV antes de Cristo.
Si el cristianismo fuera en realidad un último mito, no preocuparía a nadie un símbolo más o menos. Lo mismo se podría utilizar un crucifijo en un aula, que un pelícano, un pez que una ninfa o un cupido. Pero hay una diferencia entre el cristianismo y todas estas bellas religiones antiguas: todos saben en el fondo de su corazón que no está muerta. Para muchos, detrás de los símbolos, aparece una realidad que, entre otras cosas, impide aceptar comportamientos como los descritos más arriba. Nadie lo sabe mejor que los que quieren que muera.
“UNA RED PARA QUIEN LA MERECE”

Una solución sorprendente, porque se propone resolver problemas y no simplemente –aplicando la ideología dominante- abandonar al niño al cubo de la basura, la madre a su futuros recuerdos, el emporte de la operación a su correspondiente matarife y el IVA, para quien manda en España.
A menudo se critica la escasez de recursos, de asesoramiento neutral y positivo, de cobertura legal, de atención médica, que se ponen a disposición de la mujer embarazada que quiere gestar y dar a luz, que no es lo mismo que salir a dar un paseo por el Parque de los Mártires. Específicamente dedicados a ella y no como de pasada, como si tuviera que disculparse por estar embarazada. El elevado número de abortos tiene mucha relación con esa falta de apoyo.
La presentación del plan “Más Vida” en Valencia introduce una perspectiva sugerente en la discusión sobre la futura ley del aborto anunciada por el Ministerio de Igualdad español. Precisamente porque es solamente un cierto tipo de igualdad lo que parece primar en el susodicho ministerio.
La Comunidad Valenciana ha sido pionera en la puesta en marcha un programa de defensa y protección de la mujer gestante y de su entorno familiar. Lo novedoso de “Más vida” radica en que se trata de una iniciativa institucional que atiende a una reclamación frecuente entre asociaciones de defensa de la vida y –sobre todo, y esto es lo verdaderamente importante- de la mujer embarazada.
El pasado 24 de septiembre el presidente del gobierno valenciano, Francisco Camps, anunció la creación de “Más vida. Programa de prioridades sociales para las personas y las familias 2008-2011”. El Plan es ambicioso. Persigue mejorar la calidad de vida de la mujer gestante mediante la creación de centros especializados, con sus respectivos equipos de médicos, juristas, psicólogos y orientadores familiares, así como cientos de puntos de encuentro itinerantes que faciliten recursos para la maternidad. El programa se aplicará con la acción coordinada de cuatro consejerías del gobierno de Valencia: Sanidad, Inmigración, Justicia y Bienestar Social.
Juan Cotino, consejero de Bienestar Social, anunció el plan de apoyo a las familias y aportó nuevos datos, según informó La Gaceta de los Negocios (26-09-2008). De sus palabras se desprende el serio empeño en que el plan “Más Vida” contribuya a consolidar una seria alternativa a la hecatombe del aborto; según este político, el programa aspira a salvaguardar “el derecho a la vida en formación, protegiendo a las madres gestantes que estén decididas a tener su hijo, poniendo los medios necesarios de carácter social, educativo, sanitario, adecuados para los dos”.
Entre otras medidas concretas, los centros de Atención Social que lo coordinarán -uno en cada capital de la Comunidad Valenciana- dispondrán de equipos de voluntarios para que acompañen a las madres gestantes tanto durante el embarazo como durante los primeros meses posteriores al parto. Esto, como es sabido, no es una iniciativa novedosa, existen ya asociaciones privadas que dedican su empeño a este menester. Institucionalmente era una laguna. Además, se pretende preservar el anonimato de las mujeres así lo deseen, para que su decisión de dar a luz no esté condicionada o perturbada negativamente por factores externos más o menos propagandísticos, en la línea de lo “políticamente correcto” a escala nacional.
Otra de las medidas incluida en el proyecto “Más Vida” es la revisión de los procedimientos de adopción y acogimiento familiar con el objetivo de reducir el trámite legal de las adopciones a la mitad de tiempo. Esto último ha sido recibido con elogios por organizaciones como el Foro Valenciano de la Familia, que en un comunicado dice: “Promover la adopción como medida alternativa para aquellas mujeres embarazadas que no puedan asumir la crianza de sus hijos supone una clara apuesta por la vida, en tanto que se ofrece una solución a las madres embarazadas que se encuentran en situación de conflicto y desamparo”.
Benigno Blanco, presidente del Foro Español de la Familia, aplaudió la puesta en marcha de “Más vida”: “La iniciativa de la Comunidad Valenciana es uno de los proyectos más humanistas y progresistas de los últimos años, ya que lucha por la defensa de los derechos de la mujer y del niño, teniendo en cuenta las dos partes, con mayor libertad de elección que si sólo se tuviesen en cuenta los derechos de la mujer”. Asimismo, solicitó que el plan se extienda a toda España.
Iniciativa política interesante, a contracorriente de lo que estamos acostumbrados a ver, y que bien merece la pena que analicen asépticamente los políticos de todas las marcas.
“DE REYES Y REINAS”

El 6 de noviembre de 1989 el Senado Belga aprueba una proposición de ley sobre el aborto. El 29 de marzo de 1990, los diputados la adoptan por 126 votos contra 69 y 12 abstenciones. No es una liberalización total, como pedían algunos, porque impone una condición: “que al corrientemente denominado “estado de buena esperanza”, se superponga el “estado de angustia”.
Hasta aquí, nada especial. La rutinaria erosión moral que tantos en Europa han digerido sin pestañear. Lo llamativo vino inmediatamente después: el Rey de los Belgas, que es la tercera rama del poder legislativo según la constitución, se negó a confirmar esta decisión con su firma. Y dirigió a Wilfried Marteens –Primer ministro- una carta, solemne y patética, en la que manifestó la gravedad excepcional de su gestión. En esa carta pedía al Gobierno que buscase una solución que le permitiera conciliar el derecho, con sus propias convicciones: las convicciones del Rey. No hace falta recordar que la carta se desplomó sobre el micromundo político como si se tratase de una bomba.
Dicho en pocas palabras, el Rey no deseaba estar asociado a esa ley. Y firmarla –consideraba él- implicaba asumir cierta responsabilidad. El camino que escogió no era una vía fácil, ni tampoco sería comprendido por buena parte de sus conciudadanos. A los que se sorprendían de su decisión, les preguntaba: “¿Sería normal que el rey fuera el único ciudadano de Bélgica que se viera forzado a actuar contra su conciencia en un terreno tan esencial? ¿La libertad de conciencia vale para todos, pero no para el rey?” La libertad del rey frente a un parlamento: la de un individuo –mejor, una persona- frente a una masa anónima de votaciones acomodaticias.
Esta espectacular e inusitada muestra de bravía defensa de la libertad de conciencia sigue impresionando hoy, como cuando se releen las páginas en las que –justo a la inversa- Tomás Moro se enfrenta a su Rey. El desafío, como es sabido, se produce porque Enrique VIII –el Faraón Tudor, como le llama Belloc- desea que toda Inglaterra esté de acuerdo es que él es la cabeza Suprema de la Iglesia Católica en su reino. Sus deseos chocan con una somera oposición de los clérigos, que finalmente ceden, con notables excepciones. Pero –contenida en un discreto silencio- choca especialmente con la negativa de Tomás Moro, su Canciller. Finalmente, mediante una felonía de Richard Rich, será condenado porque la Ley del Parlamento establecía que “Negar que el Rey era cabeza Suprema de la Iglesia en Inglaterra” era “Traición”. Así que Tomás será ejecutado, precisamente por hombres que eran sus amigos, porque no se decide a pensar como piensa su Rey.
Este portentoso anacronismo se mantiene todavía en el Reino Unido, prolongando a través de los siglos un tufillo de vetustez y de inadecuación que recuerda, en otro orden de cosas, la artificialidad estructural de los regímenes geriátricos de la antigua URSS.
Hemos pasado del siglo XX al XVI, y podemos retroceder más todavía. Nos vamos al siglo V (a.C.) y comprobamos que estas historias no son invento de modernos. Sófocles nos dirá, por boca de Antígona, que no pensaba que hubiera razón para obedecer las órdenes de Creonte, que le prohibía enterrar a su hermano, porque “no pienso que tus bandos (de Creonte) han de tener tanta fuerza que te hagan prevalecer a ti, mortal, por encima de las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Leyes que no son de hoy ni de ayer, sino que viven en todos los tiempos. No iba yo a violarlas por temor a los caprichos de hombre alguno”. Esto es literatura, por supuesto. Dicho sea de paso, literatura que conviene no dejar que perezca, para los jóvenes, en el maremagnum de las consolas y videojuegos. Pero esto es otra historia.
En definitiva, ni el rey nos impone sus pensamientos, ni nosotros se los imponemos al rey. Lo mismo vale para un Parlamento: no nos inflige sus ideas. Esto es la buena ley del respeto: dejar hablar con libertad al contrario. No hace falta decir explícitamente que todo lo anterior, también por galantería, vale mucho más si se trata de la Reina de España.
“¿UNA HISTORIA?”


N. Watt ha escrito sobre la niña Alexia González-Barros. Watt recuerda que, en la presentación de su película, el director afirmó que no ha inventado nada. Según la periodista, profesora de la Universidad de Salamanca, un 80% ha salido de tres biografías ya publicadas. Pero sobre esta base real, añade Watt, el director ha incorporado un 20% de deformaciones de la historia que le dan un carácter caricaturesco e insultante para la familia de Alexia.
Veamos detalles. En la película el padre de Alexia es un hombre pusilánime, muerto en un trágico accidente, antes que su hija. En la realidad: el padre de Alexia era un hombre de sólidas convicciones cristianas, que acompañó a su hija en su lecho de muerte, más tarde se hizo miembro de la Prelatura del Opus Dei, y falleció veinte años después que su hija. En la película se presenta a Alexia como una niña manipulada por su madre y sin fe. La realidad: Alexia estaba cerca de Dios. Ella lo ofreció todo, absolutamente todo, sabía que el tesoro que tenía en las manos, tenía que administrarlo bien. No se rebeló y mantuvo la alegría. Fue ella y no la familia quien hizo que todas aquellas cosas tan difíciles se transformasen en normales. (www.alexiagb.org.). Lo contaba ella a sus compañeras de colegio: “Aunque no lo creáis, Dios da las fuerzas necesarias y todavía te dan ganas de reír un poquito. (…)”
La madre de Alexia aparece como una fanática religiosa, manipuladora, fácil de convencer con planteamientos pueriles, y obsesionada por controlar a sus hijas. En realidad era una mujer culta, sumamente amable y educada, cariñosa, que quería que sus hijos conociesen mundo, aprendiesen idiomas y tomasen decisiones por sí mismos. El sentido religioso, la fe y la aceptación serena de los acontecimientos, formaban parte de los valores que vivían. Le importaba mucho la formación humana e intelectual de sus hijos. Trataba de que fueran adquiriendo criterio. Alexia lo adquirió con rapidez y sabía ponerlo de manifiesto.
El “novio”. En la película, a Alexia le gusta un niño que se llama Jesús. Su madre no lo sabe. Al poner ese nombre a un personaje de ficción, el director busca provocar una confusión entre ese adolescente y la figura de Jesucristo, a quien la niña se refería en sus conversaciones y oraciones. La realidad: a Alexia le gustó un niño que se llamaba Alfonso y que conoció en verano de 1984 en Vall-Llobrega. Fue un amor platónico, de adolescencia: nunca llegaron a hablar. Se lo contó a su madre que, en este tema, como en tantos otros, era su confidente. En una ocasión, su madre le regaló una pegatina que ponía “I love Alfonso”. Al recibirla, Alexia comentó sonrojándose: “¡Qué cosas tienes, mamá!”.
En la película, Alexia tiene una hermana que se hizo del Opus Dei por un desengaño amoroso propiciado maliciosamente por su madre. En realidad la hermana de Alexia era considerada por sus compañeras como una persona muy inteligente, independiente, y con fuerte personalidad. Pidió la admisión como numeraria a los 22 años. En aquel momento acababa de terminar dos licenciaturas -Farmacia y Antropología americana- que estudió en la Universidad Complutense”.
La muerte de Alexia: En la película, cuando muere Alexia, los médicos, enfermeras, sacerdotes y amigos presentes empiezan a aplaudir. En la rueda de prensa de la presentación de la película en San Sebastián, respondiendo a un periodista que le preguntó si había sido así, el director afirmó que sí. La realidad la aclara el propio hermano de Alexia: “Mi hermana Alexia no murió rodeada de aplausos. Murió rodeada de cariño. Cariño de sus seres queridos: padres y hermanos y con el silencio respetuoso de las enfermeras, doctores y enfermos”. Hay más mentiras en la película, pero no hace falta agotar la lista.
Ahora hay que preguntarse que tipo de cosa ha querido dirigir este director. En cualquier caso, no parece una trayectoria que pase por decir la verdad.
“MUY LOGRADO”

En un espectacular ejercicio de autocrítica positiva, el último comandante del campo de exterminio de Auschwitz, un caballero llamado Hess, escribe en su diario que, se mire por donde se mire, la tecnología puesta en funcionamiento por el campo de concentración debía considerarse un logro técnico de altísimo nivel.
Requería tener en cuenta la programación de incorporaciones de trenes de desplazados que establecía el ministerio del Reich, y que estaba sujeta a muy frecuentes variaciones, impuestas por las condiciones –por decirlo de alguna manera- de subordinación a las propias eventualidades imprevisibles de la guerra mundial. También la capacidad de los crematorios y su fuerza de combustión eran extraordinarias, piensa Hess, pues permitían un ritmo de exterminios altísimo y un grado de consumición que dejaba pocos e irreconocibles residuos. Por otra parte, era necesario conseguir que esto funcionara de modo ininterrumpido: un programa fascinante y armonioso que se justificaba por sí mismo: una mezcla de obra de arte y de ingeniería que toda persona inteligente no podía sino valorar con admiración: un logro glorioso de la ingeniería industrial alemana.
Se comprende que, con tales ejemplos de inhumanidad, aquello no pudiera prolongarse. Como estaba escrito en una hoja volandera de la Rosa Blanca, “Hitler no podía ganar la guerra, pero sobretodo no debía ganarla”.
Sobre estas atrocidades se ha escrito tanto, y tantos monumentos se han construido, para que nunca transmute su recuerdo en cruenta leyenda de tiempos ya olvidados. Para que nunca pierda la capacidad de, por contraste, hacernos reflexionar y tratar de ser mejores.
Laudable pretensión, con diversos disfraces menos dignos, en ocasiones. Pero podemos ver también hasta qué punto ha fracasado. Todos somos hoy espectadores atónitos y, en última instancia, desamparados, ante el continuo incremento de toda clase de productos de salvajismo –camuflado de progresismo- cuyo único y común fundamento estriba en el abandono humano a lo que sea. También a los espacios de las colas malignas muy bien hechas.
Ahora, y mucho más cerca cronológica y geográficamente, y para evitar callar sobre lo esencial, pongamos sobre la mesa la prodigiosa Subcomisión Parlamentaria que analizará la modificación de la Ley del Aborto. Ha citado a 30 expertos para oír su autorizada opinión. Es entretenido y penoso repasarlos.
Algunos son realmente ex del aborto, como Elisa Sesma, ginecóloga procesada por aborto en la sanidad pública en 1987 o José Luís Doval, pionero de los abortos en Galicia. Tampoco faltan los gestores de clínicas abortistas: Santiago Barambio, que detalla lo que cobran por su intervención: unos 400 euros. Efectivamente, a cambio de una vida, barata es su faena. O Guillermo Sánchez, de la famosa clínica Dator: el abortorio privado mayor de España. No sabemos qué postura defenderá la ex ministra socialista Carmen Calvo ante los grupos parlamentarios, ni lo que dirán los restantes miembros de la comisión de expertos, hasta 30 –de los cuales 16 ya se han manifestado en diferentes ocasiones, por supuesto, completamente a favor-. No lo sabemos en los detalles, pero de sobra adivinamos lo que pasará.
Resumamos. De los 30 convocados, cinco tienen intereses económicos en juego, otros cinco forman parte de asociaciones de planificación familiar y otros cinco son miembros de plataformas feministas abortistas: los 15 citados se benefician directamente: unos porque lo hacen en directo, otros porque reciben subvenciones por ayudar a las mujeres a abortar. Dicho sea de paso, es curioso que no logren ver -algunas feministas- hasta qué punto el aborto es “violencia machista” de la peor calaña.
Ante la indiferencia de la mayoría, va adquiriendo fisonomía jurídica un tinglado del que podría también sentirse orgulloso el comandante Hess.
“DINERO Y ENSEÑANZA”

Ocasionalmente, no faltan las manifestaciones –generalmente promovidas por sindicalistas concienciados o teledirigidos – en defensa de la enseñanza pública y en defensa de lo que consideran sus dineros. Eventualmente, también contra la enseñanza privada. O sea, a favor de la enseñanza y contra la enseñanza: ambas cosas. No por la enseñanza, sino por quien la imparte. Es curioso.
Un estudio de la Fundación Heritage indica que desde los años ochenta ha habido un fuerte aumento del dinero que se dedica a la enseñanza primaria y secundaria: casi un aumento del 50% en términos reales. Pero las notas, la tasa de fracaso escolar y otros indicadores de calidad, no han mejorado en la misma proporción. Ni mucho menos tampoco.
Lo que llama la atención en el estudio de la Fundación Heritage es que mientras el gasto público en educación se ha disparado, los resultados académicos se encuentran estancados. Por ejemplo, desde los años setenta, en las pruebas anuales de lectura de la Asociación Nacional para la Valoración del Progreso Educativo, no se percibe ningún avance significativo. Incluso para los realizados a los alumnos de 17 años se aprecia un ligero descenso en la puntuación, a partir de 2001.
También se ha mantenido estable, con ligeras oscilaciones, el porcentaje de alumnos que consiguen graduarse en las escuelas públicas. Según los datos ofrecidos por el Centro Nacional de Estadística Educacional, en el curso 1990-91, el índice medio fue de 74,7%. En el 2006 bajó al 73,4 %.
El estudio de la Fundación Heritage señala que tampoco se ha logrado la igualdad educativa, pese al esfuerzo económico para aumentar el rendimiento académico de las minorías. Ni los estudiantes negros ni los hispanos han conseguido salvar la distancia que los separa de los blancos. Porque –se me estaba olvidando mencionarlo- estamos hablando de USA. Los hispanos, por ejemplo, terminan sus estudios en un 60%, mientras que los denominados estudiantes “blancos”, los terminan en un 80%. Desde este punto de vista –contemplando la tasa de fracaso escolar en España- la comparación es coherente: los españoles se comportan como “hispanos”, y nadie se lo puede echar en cara: es lógico.
Hace ya años que se sabe que no existe una relación unívocamente proporcional entre gasto público y calidad en la educación. Pero, para la gente, gente natural, sencilla, espontánea y despreocupada de los matices, emparentar ambas cosas es inmediato. La encuesta anual de Gallup que estudia la actitud de la sociedad hacia la escuela refleja, desde hace años, que muchos piensan que el principal problema de la educación pública es la falta de fondos. No han oído hablar del incremento de gasto verificado en las últimas décadas.
En realidad, la falta de fondos es el problema principal de la educación privada, no de la pública. Aún así, logra rendimientos -por euro- dobles de los de la pública. La conclusión, desde el punto de vista de la economía, salta a la vista.
Los autores del informe, después de un concienzudo estudio de las estadísticas y de repasar informes similares, concluyen que existe un acuerdo unánime entre los especialistas: con independencia del gasto público y su relación con la calidad de la enseñanza, es importante establecer mecanismos que se centren en una asignación y empleo eficaces de los recursos. De hecho, solamente el 52 % del dinero destinado a educación se destina a partidas directamente relacionadas: sueldos de los profesores, material escolar, etc.
Por tanto, para mejorar la calidad de la enseñanza, hay medidas más eficaces que aumentar la financiación. Por ejemplo, entre otras, simplificar la burocracia y controlar cómo se gasta ese dinero. Por mucho que se dilapide, no dará mejor educación si no se facilita el perfeccionamiento de los profesores. O si no se refuerza su autoridad en el aula, y la de los directores de los Institutos, entre otras cosas.
“LA IDEOLOGÍA DE LA INEFICACIA”

El Ministerio y las Consejerías de Sanidad descubrieron hace ya tiempo el potencial educativo del caucho del doctor Condom. No solamente para promover una visión relativista y reiteradamente fracasada de la sexualidad, sino también, con las oportunas adaptaciones y ampliaciones, para educarnos sobre el derecho a una muerte digna, como de pasada, sin mucho aspaviento.
En contraste con la simplonería y candor del rap del condón, la Fundación Investigación y Educación en Sida conducirá –a quien desee saber más y mejor-, a obtener datos científicos y visión de conjunto. Con independencia de la polémica que se ha querido crear sobre el cuadernillo que la mencionada fundación ha editado: “adolescentes frente al sida”. La razón es elemental.
El crimen de la Fundación consiste en que ha planteado alternativas al fracasado “Póntelo, Pónselo”. En palabras del doctor Lara, “Plantear alternativas: esto es algo que los propios médicos no estamos acostumbrados a hacer. Nunca se nos habla, desde las instancias gubernamentales, de prevención mediante algo que no sean los preservativos. A veces, cuando hablamos entre nosotros, nos damos cuenta de que es una pena, pero mucha gente está resignada. Desgraciadamente, todas las guías de prevención españolas orientan en este único sentido”.
Cuando, después de una campaña de educación pública, se le ocurre a alguien preguntar por el resultado –pues salta a la vista que no son los deseados-, e inquiere la razón de que no se cumplan las expectativas y de que no se consiga una juventud más feliz, sino justamente lo contrario, uno recibe los epítetos habituales de “retrógrado y antihumano”. Mientras otros conocidos lobbies son a tope guay, hagan lo que hagan.
La eficacia de la promoción de preservativos: 3000 españoles contraen el SIDA cada año, básicamente por transmisión sexual; la gonorrea y la sífilis aumentaron un 44% y un 81% respectivamente, y la tasa de embarazos en menores se ha duplicado diez años: casi 11000 en el 2007. Más allá del condón, ¿No hay nada?
Según Jokin de Irala, especialista en salud pública, “el preservativo reduce el riesgo pero no lo anula. Y esa reducción del riesgo depende del tipo de infección. Frente al papiloma, el herpes y la clamidia, no tiene eficacia comprobada. Las campañas, al crear una ficticia sensación de seguridad, añaden a esta tasa de fallos propia del preservativo, más conductas de riesgo. Precisamente consiguen lo contrario de lo que trataban de evitar”. Algunos expertos dirán que es un mal menor, pues no se puede evitar que la mayoría de los adolescentes tenga relaciones precoces. En realidad, ni son la mayoría, ni son tan precoces. Y también depende del ámbito en el que mueven las encuestas y hasta de cómo se plantean las preguntas.
Las campañas del Ministerio de Sanidad transmiten indiscriminadamente el mismo mensaje a una prostituta que a una joven de 13 años, y esto tiene sentido. Hay que adaptar los mensajes según los riesgos. A la mayoría de los adolescentes que no tiene relaciones sexuales –porque no quieren- no hay que decirles “ponte el condón cuanto antes”, sino que hay que animarles a que sigan así, porque “así eres el que menos riesgo tienes”.
La estrategia ABC –abstinencia o retraso de las relaciones sexuales, fidelidad mutua con tu pareja y preservativo como último recurso- fue respaldada en 2004 por un grupo de 140 expertos de 35 países en la revista The Lancet. Y es la estrategia oficial, sobre el papel, de ONUSIDA. Pero los dos primeros consejos son ignorados sistemáticamente por las agencias nacionales e internacionales. Es sencillo deducir que, aparte de la “buena fe” de algunos, existan “intereses económicos” de los fabricantes de la industria de la goma y un surtido nada reducido de “prejuicios ideológicos”: auténtico pánico a recomendar el método ABC, para que no se les asocie con concepciones de la sexualidad de referente cristiano.
El dogma del preservativo es la punta del iceberg. Su promoción –incluido el reparto gratuito- comparte espacio en los centros de salud con la píldora del día después, incluyendo informaciones de centros de planificación familiar que no rara vez son la antesala del negocio abortista.
Todo un servicio público que tiene cada vez más de público, en el sentido habitual que se solía dar esta palabra, aplicada a algunas.

jpmagraner@hotmail.com
“LIBERTAD PARA EL NO”

Cien mil fieles episcopalianos –la rama americana del anglicanismo- de Estados Unidos firmaron el pasado 3 de diciembre un acuerdo para crear nada menos que una nueva iglesia: la Iglesia Anglicana de Norteamérica. A este acuerdo se han adherido setecientas parroquias y cuatro diócesis en bloque: Pittsburgh, Forth Worth (Texas), Quincy (Illinois) y San Joaquín (California). Ocurrencias norteamericanas, podríamos pensar.
Pero la iniciativa va más allá de la mera exhuberancia creativa de los ciudadanos de un país libre y sin complejos de laicidad. Responde a un profundo malestar por el alejamiento de la primitiva Iglesia episcopaliana de sus auténticas raíces. En opinión de los “tránsfugas”, la doctrina clásica, fundamentada en la Biblia, estaba siendo abandonada. Esta huida culminó últimamente en la aceptación de los comportamientos homosexuales.
La crisis estalló en 2003 con la ordenación episcopal de Gene Robinson, un activista homosexual declarado. Este hecho provocó una cascada de protestas por parte de casi todas las demás provincias anglicanas, en especial de África y Latinoamérica, que declararon rota o gravemente dañada la comunión con la Iglesia episcopaliana.
El debate se intentó zanjar con el Informe Windsor, en el que se ofrecía a los episcopalianos una salida diplomática a la crisis. Debían disculparse por haber actuado unilateralmente y aceptar una moratoria hasta que la Conferencia de Lambeth, que reúne a los obispos de la Comunión anglicana cada diez años, decidiera en 2008 sobre esta cuestión. Aparentemente aceptaron el dictamen.
Sin embargo, la Conferencia de Lambeth, como sucede frecuentemente, concluyó sin soluciones concretas y dio paso al nacimiento de dos bloques bien diferenciados: los que respetan la tradición cristiana reflejada en la Biblia, y los episcopalianos “progresistas” que abogan por una interpretación de las Escrituras más acorde a la mentalidad que los medios han puesto de moda.
La pugna entre anglicanos tradicionales y revisionistas ha dado ya lugar a un cisma de hecho, como se vio en la conferencia celebrada en Jerusalén el pasado junio donde estuvieron trescientos obispos anglicanos, principalmente de África, Asia, Australia y Sudamérica, aunque también los había de Gran Bretaña y de Estados Unidos. Allí constituyeron una organización paralela que se opone a la aceptación de la práctica homosexual, al matrimonio gay y a otros cambios que consideran contrarios a las Sagradas Escrituras y que se han extendido entre diversas comunidades anglicanas, sobre todo en Norteamérica. La entonces creada Fellowship of Confessing Anglicans representa a la mitad de la comunión anglicana (unos 36 millones de fieles) y un tercio de los obispos de esta confesión. Como se ve, no es ninguna minucia.
Puede participar uno de la opinión de que estas disquisiciones son bizantinismos sin salida. E incluso, irrelevantes, en el fondo. Pero la nueva Iglesia Anglicana de Norteamérica constituye una alternativa para aquellos fieles que quieren separarse de las comunidades que aceptan indiscriminadamente, como lugar teológico fundante, lo que la calle ofrece. Por ejemplo: la ordenación de los homosexuales y las bodas gays. Y todo, naturalmente, sin dejar de ser anglicanos.
La nueva iglesia pedirá su integración en la Comunión Anglicana de ámbito mundial. No está claro si será aceptada habida cuenta de que en el mismo territorio ya existe la iglesia episcopaliana, de la que, por escisión traumática, procede.
En cualquier caso, es para pensarlo: no todos tragan todo.
“ATEOS INTELIGENTES”
Un casi inadvertido libro de la editorial Espasa, titulado ¿Dios existe?, recoge un debate entre Joseph Ratzinger y Paolo Flores d´Arcais. Por una parte, un filósofo y teólogo católico del que puede sospecharse con algún fundamento que no pertenece a la incoherente especie de creyentes no practicantes. Por otra, un periodista y filósofo ateo, decidido impulsor de los valores cívicos - democracia, igualdad- con unas creencias civiles que parecen solicitar una dosis no menor de fe. Colaborador de numerosos diarios y revistas y fundador de la revista de pensamiento-con Voltaire en el horizonte- Micromega. Una referencia fundamental en el ámbito intelectual de la Europa contemporánea, según el editor.
En un brioso lance del debate –un debate que no pierde estilo y nobleza, y que está bien lejos de las dialécticas politiqueras de los abrevaderos mediáticos españoles- d´Arcais explica como “le resulta hasta repugnante la idea de considerar homicidio un aborto, y hasta encuentra –dice- inmoral a quien sostiene semejante opinión”. Interesante afirmación sobre la moralidad de un pensamiento. Pero sigamos.
Cuando Flores d`Arcais define –de pasada- el embrión humano como un agregado de células indiferenciadas, estamos oyendo a Stephen Jay Gould y Jacques Monod: la naturaleza no envía ningún mensaje, porque no ha habido creación alguna: todo es casual y lo natural es que siga siendo casual.
Pero pensar que entre usted, lector, o yo –que escribo esto- y el embrión que ambos fuimos no hay ninguna relación, no parece que sea el colmo de la lucidez intelectual. No; las células indiferenciadas del embrión de d´Arcais sabían a dónde iban: tenían un programa. Por lo tanto, estaban bien lejos de ser un magma orgánico indiferenciado: eran un programa en marcha. Con tanta marcha que han acabado configurando un ser humano maduro que ahora duda que supieran a dónde iban. Pero eso es otra cosa. Tampoco ahora, según confiesa, parece saberlo él.
Las palabras de Ratzinger que dieron la réplica a las ya mencionadas fueron muy sencillas: “Flores d´Arcais ha dicho que considerar el aborto como un homicidio es un hecho inmoral. Eso no lo acepto. Yo puedo entender sus vacilaciones sobre esta cuestión, pero afirmar que existe la evidencia de que se trata aquí de un ser humano muy débil, dependiente, y que por tanto matarlo es matar a un hombre, me parece que decir eso –apelando así a la conciencia y a la reflexión- no puede caricaturizarse como inmoral.”
El argumento, para el que haya visto el DVD del Doctor Nathanson “El grito Silencioso”, o, más recientemente, haya escuchado a Eduardo Verástegui decir: “Ninguna mujer abortaría, si tuviera el vientre de cristal”, es flagrantemente evidente.
Que el hombre no quiera aceptar el mensaje de la naturaleza no significa que no se trate realmente de un mensaje. Desde un punto de vista racional no debería resultar tan difícil comprender que el hombre es una criatura, un ser especial que lleva en sí una dignidad que debemos siempre respetar en el otro, aunque nos parezca alguien sin valor, antipático o expoliador de nuestro planes de comodidad. Hay un momento de particular lucidez en d`Arcais cuando sabe reconocer que la piedra donde tropieza el ateo es, sencillamente, su incapacidad para vivir la caridad. No es un problema exclusivo del ateo, pero este no encontrará nunca motivos suficientes para convertirla en motor de su vida.
La visión cristiana no es irracional. Es como tener un coche con una marcha más, aunque los admiradores del desencanto prefieran el aura de incertidumbre que decora el ateismo propagandista. Decantarse por la pura militancia formal en cualquier cosa, con independencia de los contenidos, y llamarlo madurez del hombre moderno suena a burla, puesto que sabemos que hay no pocas leyes -promulgadas a través de mecanismos democráticos correctos- que son sustancialmente injustas. Quizás por esto, desde su ateismo, d`Arcais postula una vuelta a los valores del Evangelio.
“CARTELITOS EN LOS BUSES”
Un veterano filósofo, catedrático jubilado de la Universidad de Oviedo, nacido en 1924 en Santo Domingo de la Calzada, mantiene enhiesto el estandarte del más característico materialismo dialéctico. Y explica por qué. Hasta aquí nada llamativo, salvo el hecho mismo.
Gustavo Bueno, que se dedica a promover los fines de la fundación que lleva su nombre, nos ha relatado en un reciente libro los criterios que le llevan a afincarse con fuerza en el reducto del talante materialista. En ese mismo texto –de modo no poco sorprendente- , nos ofrece un lúcida reflexión sobre la relación entre Dios y la razón. Y sobre la razón y Dios.
Y termina su intervención con una motivada reivindicación del papel de Dios –del Dios del catolicismo- en defensa de la razón, frente a las inundaciones de tipo supersticioso, gnóstico, nihilista, relativista o fundamentalista. En el clima cultural de nuestra España es inusitado encontrar una postura así. Tan abierta que desvela –valga lo que valga la expresión- un espíritu libre y amante de la razón y de la verdad. Un bien notoriamente escaso.
El contexto es el de un libro en que intervienen creyentes junto con agnósticos o ateos; hombres de occidente junto a hombres del medio oriente; cristianos junto con musulmanes y judíos. Por ejemplo, aparte del ya mencionado Gustavo Bueno Martínez, ateo, tenemos a Jon Juaristi , poeta, novelista y ensayista convertido al judaísmo. Interviene también Wael Farouq, profesor de ciencias islámicas en la Facultad copto-católica de El Cairo. Y Sari Nusseibeh, filósofo y rector de la Universidad Árabe Al-Quds, de Jerusalén Este. Uno de los intelectuales palestinos más prestigiosos a nivel mundial. Sin agotar el elenco de interventores, mencionemos también al sudafricano J. H. Weiler, constitucionalista judío, director del Centro de Estudios Jean Monnet de Estudios Europeos e Internacionales de la New York University.
Quizás pueda no sorprender que personajes de tan diferente concepción religiosa hayan decidido aunar su voz en defensa de algún aspecto benéfico- sociológico- pacifista-solidario de nuestro pirotécnico mundillo ideológico. Pero no. Se trata de algo más elemental, pero de alcance mucho mayor: la defensa de la razón.
Leamos unas palabras de uno de los autores que colaboran en el libro:. “No es difícil comprender, por tanto, que es precisamente el Dios de los cristianos quien ha salvado a la razón humana a lo largo de la historia de Occidente y hasta qué punto tiene sentido afirmar que podrá seguir salvándola en los momentos impredecibles, pero inexcusables, en lo que los contactos de las “sociedades occidentales” con las “sociedades orientales”, o de cualquier otra estirpe, ponga a la racionalidad históricamente conquistada ante el peligro de su mayores extravíos”. Evidentemente, a juzgar por el contenido, podrían ser de Joseph Ratzinger, que también colabora en el libro. Pero no. Son del ateo Gustavo Bueno. Porque el libro se titula: “Dios salve la razón”.
Y tiene sentido, con independencia de las creencias de cada uno. La advertencia de Hannah Arendth mantiene una actualidad creciente: “La preparación para el totalitarismo tiene éxito cuando los hombres y las mujeres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para las que ya no existen la distinción entre el hecho y la ficción y la distinción entre lo verdadero y lo falso”.
Ambas cosas son actualmente cultivadas preferentemente. Vivir de la simulación y no preocuparse por la verdad. De modo rudimentario pero eficaz, este lenguaje es utilizado sistemáticamente. Hasta el punto de que, por ejemplo, se nos hace creer que el gobierno tiene la culpa de todo, porque no se pone decididamente a predecir el futuro. Estamos esperando que el poder nos garantice que nunca enfermaremos, que no se trastocará ninguno de nuestros planes, que no nos moriremos. Si nos gusta ser ingenuos, allá nosotros.
“LEGISLAR LA HISTORIA”
Que el pasado es tema de los historiadores, como la ciencia lo es de los científicos, como las matemáticas de los matemáticos es un lugar demasiado común para mencionarlo.
A finales del siglo XIX –en 1897, en Indiana (USA)- un físico llamado Goodwin escribió un artículo sobre mediciones del círculo y convenció a su representante legislativo local Taylor Record, para que lo introdujera como ley en la legislatura. La sugerencia lanzada con entusiasmo al político era la siguiente: si el Estado aprobaba una ley para reconocer el descubrimiento de Goodwin, este permitiría que todos los libros de texto de educación para la ciudadanía de Indiana lo utilizaran sin pagar ningún derecho de autor.
Este ya había registrado como propiedad sus descubrimientos en varios países europeos y también en Estados Unidos. Publicó una monografía en la afamada revista matemática American Mathematical Monthly –un periódico nuevo, que necesitaba original abundante y publicaba casi cualquier cosa, aunque no lo fuera. De los trabajos del autor se descubrían tantas cosas que, en realidad, era peor que no descubrir ninguna. Por ejemplo, para el valor del famoso número Pi –ese que solemos abreviar en 3.14…- el autor encontraba que era capaz de metamorfosearse en una buena docena de valores diferentes, comprendidos entre 2.5 y 4. Esto sí que es original.
El 18 de enero de 1897, la monografía fue presentada en la legislatura como ley de Cámara de los Comunes núm. 246.: “Un proyecto de ley que introduce una nueva verdad matemática que es ofrecida como contribución a la educación de la ciudadanía para ser utilizada sólo por el Estado de Indiana, sin coste alguno por derechos de autor o similares, siempre y cuando sea aceptada por la acción oficial de la legislatura de 1897.”
Fue aceptada en la Cámara de Representantes sin ningún voto en contra.
Podía haber alcanzado estatus legal y entonces todos los demás estados habrían tenido que pagar derechos de autor si querían utilizar el “valor exacto” de Pi. Dicho sea de paso: he aquí una sugerencia interesante para la SGAE, en la que quizás ésta todavía no ha pensado.
Legislando sobre el auténtico valor de Pi, parecía que se había puesto final al problema de determinar ese valor. Naturalmente, la ola de rechifla y pitorreo que se desencadenó en Indianápolis, Chicago y Nueva York hundió en la vergüenza más ignominiosa al Senado de Indiana, que se apresuró a suprimir la “democrática” propuesta.
Disculpamos que políticos de entonces no supieran las mínimas matemáticas necesarias para captar la ridiculez de su propuesta. A fin de cuentas, según la sugerencia Chestertoniana, la democracia significa que “cualquiera” puede formar parte de un gobierno. Lo estamos viendo y sufriendo.
Del mismo modo que el trigo de Lysenko no cumplió sus promesas –las del famoso científico marxista que diseñó una biología marxista- o el número Pi se negó a doblarse ante las exigencias de la Cámara de Representantes de Indiana, la verdad histórica tampoco puede ser legislada.
La legislación sobre la historia es uno de los ataques más graves que está sufriendo la libertad en Europa, si bien es de las menos visibles. Orwell ya nos los contó en “1984”: reescribir la historia pasada es una buena manera de cocinar el presente y preparar el futuro a la que puede acudir un grupo de poder desaprensivo. La historia como saber del pasado es la primera víctima de estas leyes. No es competencia de ninguna autoridad política definir la verdad histórica ni restringir o silenciar la libertad de un historiador, bajo amenazas de sanciones penales o más intangibles acciones, igualmente penalizantes.
Es una manera de establecer “verdades históricas oficiales”. Se consagra una determinada interpretación de los hechos y de otras no se puede ni hablar. Especialmente aquellos acontecimientos que vienen más impregnados de ideología. Asuntos problemáticos, asuntos debatidos, asuntos polémicos, precisamente porque no existe acuerdo.
Solución sencilla: por decreto ley, el valor de Pi será 2.67. Y ya no hay más que hablar. La respuesta viene dada por legislación positiva: está de más tratar de preguntar a Ahmés (c. 1650 a. C), o Arquímedes (c. 280 a. C.), o Ptolomeo (c. 150 d. C), o Leonardo de Pisa (c.1200 d. C) o a docenas de matemáticos más que podríamos añadir.
Así que abandonamos la búsqueda de la verdad –es demasiado complicado- pero como nos molesta la libertad ajena, no queremos disidentes. Decreto ley, por tanto. Y la “memoria” histórica queda congelada en las formas arbitrarias de la legislativa de los gerifaltes del momento.
“A CHARLES DARWIN Y VUELTA”
El dominio del Darwinismo en la explicación de la evolución está siendo discutido con especial fuerza, no sólo a partir de la aparición en los años noventa del movimiento del “Intelligent Design (ID)”. Desde un punto de vista estrictamente científico, y sobre la base de las aportaciones de la bioquímica, los defensores del ID advierten la existencia de un diseño en la naturaleza y niegan que algunos sistemas complejos puedan ser el resultado del acaso o haber sido formados de un modo gradual.
En 1991 Phillip E. Johnson publicó su Darwin on Trial, calificando al Darwinismo de no ser, estrictamente hablando, una teoría científica, sino una simple filosofía materialista. Michael Behe –bioquímico de la Universidad de Lehigh- publicó en 1996 su libro La caja negra de Darwin. Divulgación científica de primera categoría que alcanzó un gran éxito editorial. Recibió críticas, pero también el reconocimiento de los especialistas. La teoría del Diseño Inteligente niega que los sistemas biológicos que poseen una complejidad irreductible a la mera combinación de sus partes puedan haberse formado de manera gradual, como sostiene -en un intento de explicación- el neodarwinismo. Behe analiza el caso del escarabajo bombardero, cuyo sistema defensivo es tan sofisticado que incluso ha sido estudiado como posible método de propulsión a reacción. Presenta una complejidad que Behe denomina irreductible. Es decir, que no puede reducirse –ni realizarse de hecho- mediante pasos intermedios más sencillos.
Los neodarwinistas sugieren algo así como que para construir un aparato de música estéreo basta con unir dos altavoces, un amplificador, un reproductor de CD y un sintonizador. Y no es mentira, pero no es toda la verdad. Falta explicar cada uno de los bloques. ¿Cómo han llegado hasta aquí?. Por otra parte, ¿Cómo se sabe que un sistema es verdaderamente irreductible? Según Behe, la ciencia que tiene la clave es la bioquímica.
Es muy difícil permanecer indiferente ante sus explicaciones de sistemas bioquímicos que se conocen con bastante detalle hasta el nivel molecular. Por ejemplo, el cilio bacteriano, la coagulación de la sangre, los subsistemas de la célula eucariota o el sistema de transporte de las proteínas. En todos ellos descubrimos la evidencia de un diseño. Son –esta es la cuestión fundamental- sistemas diseñados. Un autor inteligente ha dado forma a dichos sistemas. No se dice quién es el autor, ni cuando ejerció su actividad creativa. No niega tampoco el neodarwinismo, pero no lo acepta para todo: no funciona.
Cada vez es mayor el número de científicos que defienden que el diseño se puede detectar científicamente. William Dembski –matemático del MIT, Físico por Chicago y Licenciado en Ciencias de la Computación por Princeton- defiende esta posición. Incluso propone algoritmos para lograrlo.
Las críticas contra el ID son encendidas y no sólo entre los científicos que son abierta y declaradamente materialistas por razones acientíficas o de opción intelectual, como Richard Dawkins, Peter Atkins o el fiolósofo Elliot Sober. El nacimiento del ID tiene lugar en un escenario marcado claramente por una polémica que, en buena parte, tiene tintes ideológicos y no se ha desarrollado exclusivamente en el ámbito científico. Ambos oponentes acusan a sus contradictores de no ser científicos, como suele suceder en otros muchos ámbitos de dialécticas ligeras.
Quizás unas palabras del Cardenal Schönborn puedan ayudarnos a centrar el tema: no se trata de oponerse a una teoría científica que denominamos “teoría de la evolución”, sino contra el evolucionismo entendido como “una postura ideológica según la cual la evolución explica por completo el desarrollo del cosmos”. Tampoco significa aceptar el creacionismo de algunos fundamentalistas protestantes, ya que la interpretación católica de los fragmentos bíblicos que narran el supuesto origen del universo, declara llanamente que no se trata de una teoría científica. El creacionismo no es, por tanto, una verdadera alternativa a la teoría evolucionista.
En realidad, todo esto supone reconocer, en los abrumadores indicios de finalidad y designio que encuentra la ciencia al estudiar la naturaleza viva, la complejidad y organización que la impregnan, la referencia a una inteligencia superior. Basta, para ello, el ejercicio común y filosófico. Una teoría científica debe estar abierta a las críticas científicas. Y no pretender gozar de inmunidad ideológica, como si fuera una ofensa a la dignidad de Darwin –o de NeoDarwin- decir que hay muchas cuestiones que esta teoría no logra explicar, aunque en las aulas de los colegios –supongo que por simplificar- se enseñe otra cosa.
“¿LIBERTAD TERMINAL?”
Las propuestas para legalizar la eutanasia –la muerte buena- suelen apelar a la libertad del individuo, que debería poder decidir con autonomía sobre su propia muerte. O sea, es la defensa de la libertad del enfermo. La libertad real del enfermo. Y cuentan también, por otra parte, las consecuencias de reconocer un derecho a morir legalmente exigible en la sociedad. Es evidente que se trata de un derecho –el de morir- que todos pondremos en práctica a su tiempo debidamente. Por lo tanto, la discusión se centra en que una persona pueda, mediante un acto libre y voluntario, solicitar ayuda para morir aquí y ahora. Esta petición generaría automáticamente un derecho.
No se trata exactamente del derecho a suicidarse: hoy está generalmente admitido que cada uno puede disponer de su propia vida sin incriminación penal aparente. Es algo muy distinto: compromete a la sociedad, pues el suicidio dejaría de ser un asunto privado y pasaría a ser un negocio público –o privado, como las numerosas y crecientes clínicas abortistas- apelando a reglas tutelares de derechos que exigirían la prestación de servicios por parte de los poderes públicos.
Pero las debilidades y la complejidad de los motivos que están en la base de una petición de muerte denotan más la impotencia y la desesperación de un individuo que el orgullo de elegir el propio destino. Por lo menos, compensa pensarlo un poco. Todos sabemos, porque no pocas veces lo hemos experimentado y lo seguimos haciendo, que el principio de la mayoría contiene en sí mismo algo de crueldad. La parte perdedora tiene que doblegarse, para conservar la paz, a la resolución de la mayoría. Esta resolución puede ser, no solo perfectamente necia, sino incluso nociva. Quizás, en el orden meramente humano, no hay otra manera de hacerlo. O quizás sí.
¿De qué libertad del enfermo estamos hablando? Frente al peso del infortunio, frente al peso de la enfermedad. Frente, también, a las consecuencias de las aparentes proezas técnicas que colocan al enfermo en una situación de dependencia extrema de artefactos sofisticados, caros, escasos, el reconocimiento de un presunto derecho a morir vendría a ser el de una libertad entendida como autodeterminación absoluta: “Esta es nuestra última libertad: ser siempre dueños de nosotros mismos, de nuestra muerte, y no abandonarnos a la voluntad de terceros”. Son palabras de Axel Kahn, genétista y médico.
Pero un dominio semejante sobre nuestro destino no es posible. Solamente en condiciones excepcionales, tan fuera de lo común que probablemente se trata de una abstracción tan irreal como el éter de James Clerk Maxwell. Para el enfermo terminal la vida y la muerte no se muestran como dos posibles opciones igualmente válidas: la vida, tal como la vive en esos momentos el enfermo, no se le muestra como una opción que solucione el ficticio dilema: el enfermo, teniéndose por libre, se precipita por la única salida que cree tener por delante. La vida se le ha vuelto insoportable y estima que la mejor opción es interrumpirla.
Esto es exactamente lo contrario de la libertad.
La voluntad del enfermo que pide la eutanasia es engañosa. Es la voluntad de un individuo solitario, aislado, abandonado, cuyas decisiones son el resultado de desajustes de vínculos sociales, de una solidaridad que no ha resistido la embestida de la erosión vital. No es la realización de una aspiración a la soberanía del individuo que se goza en autodeterminar su propia muerte. Casi todos los pacientes que reclaman morir están sentimentalmente completamente abandonados. Y quizás pusieron no pocos medios, a lo largo de su existencia, para que esto llegase a ser así. Puede ser. Y puede que no. Cada uno debe meditar en qué invierte su vida, mientras puede. Ayuda a orientarse el repasar los clásicos y pensar en el final de la jornada.
Una voluntad de muerte no se formula jamás en los términos ideales de una voluntad inmune a la coacción de cualquier factor externo. La enfermedad y la vejez son estados en los que resulta muy marcada la capacidad de la voluntad para ser influida por otros. Para una persona que se considera un estorbo para su propia familia o para el personal médico que la cuida, el derecho a morir es fácilmente interpretado como: “Tengo la obligación moral de desaparecer”.
El temor a ser una carga no es en absoluto una auténtica demanda de ayuda al suicidio: no es una expresión de libertad, sino de presiones directas o indirectas. El gobierno aprobará lo que quiera, pero es mejor hablar claro.
“UNA SENTENCIA DE LABORATORIO”
El Supremo ha negado que exista derecho a la objeción de conciencia en general, si no existe regulación expresa. La razón: la dispensa de una ley es excepcional. En España solamente se ha reconocido en dos casos: el servicio militar –que no existe- y el aborto –que prolifera de modo exponencial.
El segundo fue reconocido en una sentencia del Tribunal Constitucional (TC). En ella se lee: “por lo que se refiere al derecho a la objeción de conciencia, este existe y puede ser ejercido con independencia de que se haya dictado o no tal regulación. La objeción de conciencia forma parte del contenido del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa reconocido en la Constitución, y es directamente aplicable, especialmente en materia de derechos fundamentales”. Parece claro que es justamente lo contrario de lo que ha dicho el TS.
En segundo lugar, la sentencia del TS rechaza que haya un derecho a la objeción de conciencia en el ámbito educativo. Consideran que los fallos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, invocados por los padres, atañen a libertad religiosa. No es el caso de la EpC, dice el TS. Por el contrario, en un voto particular, replica el magistrado Juan José González Rivas que el mismo Tribunal Europeo equipara a esos efectos las convicciones filosóficas con los credos religiosos. Por tanto, tampoco aquí acertamos.
Los padres objetores tienen la convicción de que la EpC imbuirá en sus hijos doctrinas morales contrarias a sus convicciones. En esos textos se apoya el voto particular de dos magistrados disidentes, Emilio Frías y Juan G. Martínez Micó, para quienes “el Gobierno se ha excedido en sus competencias, al incluir contenidos que no son corolario indispensable de la Constitución”, sino de “formación moral”. Con la EpC se pretende expresamente “conformar en los alumnos una conciencia moral concreta, la denominada ‘conciencia moral cívica’, imponiéndoles como normas morales una serie de valores concretos, elegidos por el Estado”. Precisamente por este Gobierno, para ser más exactos.
La EpC trae cola. El TS no la considera libre de sospecha. “La Administración educativa no está autorizada a imponer o inculcar puntos de vista determinados sobre cuestiones morales”. Pero, en realidad, lo pretende. “La EpC debe impartirse sin vulnerar la “neutralidad ideológica” a que está obligado el Estado en materia educativa”. Pero la vulnera. Y “cuando proyectos, textos o explicaciones incurran en propósitos desviados de los fines de la educación, el derecho de los padres a definir la formación moral para sus hijos les hace acreedores de la tutela judicial efectiva, preferente y sumaria que han de prestarles los Tribunales de lo Contencioso Administrativo”. Precisamente esta tutela es lo que están intentando obtener muchos padres.
El TS traza una solución de laboratorio, difícilmente practicable. Los padres tendrán que examinar no solo los manuales que adopten los colegios, sino las explicaciones de los profesores en clase. Si encuentran algo de adoctrinamiento contrario a sus convicciones, habrán de elevar una queja a la autoridad educativa. Si no es atendida, tendrán que interponer recurso contencioso administrativo, con solicitud de medidas cautelares mientras se resuelve. Solo con que recurra una parte de las más de 50.000 familias que han objetado, se produciría un atasco judicial que podría acabar dejando en el limbo la titulación de miles de estudiantes.
Parece también poco realista la exigencia del TS, de “neutralidad ideológica” y “exquisita objetividad” al impartir la asignatura. No sería difícil si la EpC se limitara a explicar la Constitución, los derechos humanos, y los deberes y derechos civiles. Pero resulta prácticamente imposible con unos programas trufados de “orientación afectivo-sexual” y otros temas que, dentro de la ambigüedad de los decretos, desprenden un notable tufo a ideología de género.
El mismo día en que se anunciaron los fallos, el TSJ de Andalucía volvía a conceder la exención de cursar EpC a los hijos de unos padres objetores. Por su parte, las familias que han perdido en el TS recurrirán al Tribunal Constitucional (TC), mientras quizá comience el sinfín de demandas que augura el magistrado Campos.
Toda esta litigiosidad confirma que el Gobierno ha provocado un conflicto innecesario en un tema delicado para muchos padres.
“TEOLOGÍA DE AUTOBÚS”
Dice Ayllón en su más reciente libro, que la cadena de ateos que se bajan del autobús de la probabilidad negativa es creciente. Y es lógico. Porque a nadie le agrada que le tomen por débil mental. Los cartelitos de la publicidad sobre la inexistencia de Dios, al margen de la simplonería que rezuman, y al margen también del componente de insulto a los creyentes, carecen de blanco objetivo: no estamos preocupados y procuramos disfrutar bastante de la vida, creyentes o no. El suplemento de indiferencia que nos quiere proporcionar el afamado premio Nobel inductor de la campaña no lo necesitamos. Nos basta con la sobrada dosis que ya tenemos.
En cualquier caso, no es el pensamiento de Dios lo que nos impide gozar la vida. Basta asomarse a la historia reciente, sin recortarla. Desde una perspectiva negativa, encontramos, -y sabemos que las hay aunque no las encontremos-, personas que no sólo se destruyen a sí mismas, sino que corrompen también a otros y dejan tras de sí fuerzas destructivas que afectan negativamente a generaciones enteras. Lo sepamos, o no, somos víctimas. Pensemos en los grandes líderes negativos del siglo XX y nos daremos cuenta de cuán real es todo esto. La negación de unos se convierte en una enfermedad contagiosa que arrastra a los demás, a veces en un contexto de infidelidad educada y cortés, otras veces impregnada de violencia.
¿Quién duda que puede encontrar en los medios de información muchas más medias verdades –no rara vez mentiras directas- de las que resultan imaginables? ¿Quién es tan lelo que no observa a su alrededor multitud de personas cultas, capaces de crear ingeniosos aforismos –y no digamos nada si son políticos palabreros- para cada ocasión y para cada persona, pero carentes de vínculos personales profundos ni con la religión ni con la filosofía? Quizás su único pacto respetado es con la frivolidad. Su lema: “Carpe Diem”. Cualquier publicación dominical transpira, en gran parte de su contenido, este vacuo estilo: grafican superficialidad y suntuosidad insultante: no existe apenas ninguna interioridad que merezca la pena cultivar. Por lo menos, si la hay, no la comunican.
Pero hay también personas que, por decirlo de alguna manera, dejan tras de sí un superávit de capacidad de amar, de comprender, que alcanza y sostiene también a otras personas. Es raro que este fruto proceda del ateismo. Algunos hay cuya luz, como la luz de remotas estrellas ya extintas, nos llega todavía. Son una anomalía. A menudo básicamente sólo caparazón.
Huir de Dios no nos hace mejores. Dejar de pensar – el “despreocúpate” de los autobuses- no nos hace más humanos. Probablemente los espacios públicos que los ciudadanos utilizan de modo obligado no debieran ser empleados para publicitar mensajes que ofenden convicciones religiosas de muchos de ellos. Insinuar que Dios probablemente es una invención de los creyentes y afirmar que no les deja vivir en paz ni disfrutar de la vida, es, probablemente, un modo objetivo de insultar. Me pregunto qué habría pasado si en vez de la palabra “Dios” estuviese escrita la palabra “Alá”.
Menospreciar a una persona porque practica una religión no es precisamente una hermosa muestra de tolerancia. Es más, podríamos decir que demuestra que se respira por la herida. Puede no ser una herida, pero es siempre una insuficiencia. Una insuficiencia respiratoria, porque la fe da por supuesta la razón, de la misma manera que la gracia da por supuesta la naturaleza. De ahí que existan valores cristianos que son “valores humanos” y que, por tanto, todo hombre puede compartir con independencia de sus creencias personales.
A partir de la naturaleza racional de Dios y la compatibilidad entre fe y razón, la fe puede desempeñar un papel importante como factor equilibrante y corrector de una razón abandonada a su propia suerte. Al hilo de estas consideraciones, sorprende que un filósofo materialista como Gustavo Bueno coincida en afirmar que el modelo de razón de la tradición católica resulta más adecuado, tanto para evitar el fundamentalismo de nuevas formas de religiosidad como los extravíos dogmáticos del cientificismo.
En palabras de Glucksmann, dirigidas contra del pensamiento débil: “la razón no peca ya por arrogancia sino por renuncia suicida; propaga entre los posmodernos el odio por el pensamiento”. Y nos recuerda que la renuncia a la verdad y a los fundamentos, el nihilismo consecuencia del derrumbe de la posmodernidad filosófica, es el caldo de cultivo de los enfrentamientos grandes y pequeños.
“COSAS VIEJAS Y COSAS NUEVAS”
A nadie sorprende que TV1 encuentre con facilidad, en su trayectoria hacia la superficie de la realidad, a un buen par de católicos de chicha y nabo, a los que puede interrogar ante las cámaras y arrancarles una profunda confesión de fe católica y, contemporáneamente, la más honesta y sensible declaración de amor al preservativo que quepa lograr en un encuentro tan aparentemente casual. Precisamente porque se trata de cuestiones de chicha y de nabo, el plástico está como está, y no extraña.
Tampoco, por tanto, debiera llamar la atención la tenacidad de una Iglesia que parece ser la única institución que no se deja impresionar por las fulminaciones mediáticas. Que sigue diciendo que un niño es más importante que un lince.
Hace años, José María Gironella entrevistó al inefable poeta Juan Eduardo Cirlot. Deseaba saber su opinión sobre la sistemática necesidad periódica de atacar a la iglesia católica que parecía darse en el pueblo español. Para Cirlot, la cuestión no admitía dudas: “Por una parte, lo explica la propia bajeza del pueblo. Pero la causa principal es otra. La Iglesia predica la castidad. Esa es la razón definitiva”. Esto no es hoy de elegante emisión o recibo, pero puede que pellizque una fibra sensible, viva y verdadera. Shakespeare no lo desmentirá.
Para Salvador Dalí, en cambio, estas acometidas se debían “a que los españoles son el pueblo que tiene más fe. A un pueblo de ateos ni siquiera se le ocurre preocuparse de estas cuestiones. Los españoles levantamos catedrales y luego las quemamos. Somos así: <>”. Salvador Dalí –según propia declaración que, en su caso, distaba infinito de ser una confesión- creía saber que Dios desconocía la existencia de la Coca-Cola, de lo que infería que tampoco conocía la moral. Y de la misma manera que consideraba que el estado angélico era un estado coloidal, estaba convencido de que él era profundamente católico, apostólico y romano, aunque admitía desconocer las cuestiones esenciales del cristianismo.
Nadie se tomó nunca en serio las excentricidades del genial pintor, porque sabían que vendía bien su propia mercancía, que le incluía. Fue un precursor. Nuestros políticos no son ni la mitad de geniales, ni la cuarta parte de divertidos, pero son también ocurrentes. Reiterativamente. Nadie les negará que las banderolas que enarbolan tienen algún predicamento: el atractivo de las geodésicas de la mínima energía, en el sentido freudiano: su caldo de cultivo habitual y su paradigma. Sus dogmas particulares. Patético.
Dalí establecía una relación íntima entre la religión y el rinoceronte. La relación, absolutamente evidente para cualquiera, es que la curva del cuerno del rinoceronte es una espiral logarítmica. Dalí creía que era la única representación natural de semejante ensaimada matemática, pero no es así. Todo lo contrario: la naturaleza está llena de espirales logarítmicas. Y también de cornamentas. Pero es verdad que para algunos pitagóricos, representaba la inmortalidad.
A estas alturas ya nadie podrá sorprender a nadie. Todo resulta soberanamente predecible: lo que dirá Zapatero, lo que dirá Pajín, lo que dirá De La Vega, lo que dirá la que igual da lo que diga. Lo que dirán todos. Les leeremos sin sorpresa y nos costará creer que se creen lo que dicen. Nos importará poco. No sabemos ante qué máscara estamos en cada momento.
A mi me resulta mucho más sugestivo y desconcertante el perpetuo desafío de la Iglesia Católica. Podemos decir que es una religión antigua. Podemos llamarla vieja. De hecho, en este momento de la historia, se ha convertido en una religión muy joven. Y casi más, en una religión de jóvenes. Solamente hay que saber apuntar el objetivo de la cámara de TV en la dirección adecuada. Aparece mucho más innovadora que las nuevas religiones, y una multitud de jóvenes que la siguen aparecen más enteros, orgullosos de su fe y seguros de su futuro que las típicas viejas guardias de antaño. Han recuperado la iniciativa, y nada tan saludable como una sostenida persecución, para mantenerlos activos, vivos y eficaces.
Con la iglesia católica pasa como con los aviones. Al alumno que preguntaba a su profesor de Mecánica de Vuelo- ¿Por qué vuelan los aviones?- podríamos contestar nosotros, como él, diciendo: “Dígame una sola razón por la que no debieran volar”.
“APRENDER DE LA HISTORIA”
La aparente posición de ZP frente a la religión es un remedo ligeramente actualizado utópico francés del XIX. Mientras el todo el mundo crecen las corrientes de mayor valoración del hecho religioso, ZP parece desear recorrer el camino inverso: conducirlo a las catacumbas sociales. La ya vieja ley de los denominados “matrimonios” entre homosexuales -por mencionar un caso- busca una mutación radical del ecosistema familiar. Las opiniones negativas en avalancha, aunque procedieran de los más prestigiosos organismos jurídicos españoles, fueron irrelevantes: Consejo del Poder Judicial, Real Academia de Jurisprudencia, Consejo de Estado. Ocurrió, además, un hecho inédito en el panorama español: la objeción de conciencia presentada por algunos jueces a la hora de aplicarla.
Si a eso se unen las manifestaciones populares contra esta legislación, resulta que la ley de matrimonios homosexuales fue un artefacto político elaborado de espaldas y contra la realidad social española. Un aditamento hijo exclusivo de la ideología de género, segregado mental triunfante del momento, hasta que la naturaleza impacte de nuevo sus claves, sencillas, pero radicales, dejando heridos por el camino. Y el caso del aborto todavía es más flagrante. No se quiere escuchar a la sociedad, sino plancharla con la apisonadora autodenominada “progre”.
La postura de Zapatero recuerda al Clinton inicial y sus decisiones sobre homosexuales & lesbianas. Zapatero quiso «despachar» cuanto antes un tema polémico, y dejar para la segunda parte de su mandato cuestiones que «dejen mejor recuerdo» para sus electores. Ya llegaría la “Educación para la ciudadanía”. Ya ha llegado.
ZP disgusta a muchas personas moderadas. Y para agudizar el problema, se ha encontrado un enemigo refractario a los slogans y a las pancartas de manifestación: la resistencia de la realidad económica, que se niega a plagarse a un optimismo de “diletante” que juega a aprendiz de brujo. Algo frente a lo cual la ideología no tiene nada que decir, porque manda el análisis de la realidad. Pero la realidad no le resulta fácil de reconocer a ZP, según vemos. En un contexto más ambicioso y normalmente menos acuciante, la religión se entiende más bien como una posición «de apertura» a los valores esenciales a los que apunta la dignidad humana. Su misión es «alentar» a sus fieles para que se defiendan de esa tendencia que tiene el poder de sustituir las viejas teocracias por las «ideocracias» civiles, nuevas formas de religiones intolerantes, que también viajan en autobús. La firmeza de la Iglesia consiste en buscar todos los cauces posibles para que su mensaje «alentador» sea valorado en la bolsa social de los valores. En realidad, la Iglesia ha participado -aunque no ha organizado- por lo menos en dos grandes manifestaciones sociales: una en defensa de la familia y otra en defensa de la libertad de educación. Esta participación se explica porque, efectivamente, familia y educación son símbolos de libertades esenciales. Valores humanos esenciales, «no negociables». En la esencia del mensaje cristiano se incluye el respeto para todas las posiciones políticas. La recíproca también es debida. ¿Quién se atreverá a juzgar la toma de posiciones electorales, y las declarará bastardas si lo han sido de modo acorde al pensamiento cristiano? Este es un problema de la conciencia de cada uno. Y dice poco del talante democrático de una persona que no las soporta, porque no las comparte. La Enseñanza es un problema de adecuada interpretación de la Constitución española y de los Acuerdos internacionales vigentes. A la vista de los textos legales, cualquiera que sepa leer de modo inteligente entiende que la asignatura de religión ha de ser una asignatura de adecuada atención. No simplemente una «cenicienta» soportada como una intrusa. Al mismo tiempo, los padres tienen derecho a una enseñanza para sus hijos de acuerdo con las convicciones personales que ellos –no sus profesores, ni sus gobernantes- alimentan. Por cierto, esto también es válido si prefieren una enseñanza diferenciada, -como la que va ganando continuamente adeptos-, para ciertas edades de los hijos.
En la medida en que el gobierno pone obstáculos a estos planteamientos, la Iglesia simplemente le recuerda que están protegidos no sólo por esas normas, sino también por su interpretación jurisprudencial. De ahí los conflictos. Entre el Estado y la Iglesia existe una «delgada línea azul». En toda frontera no es de extrañar que existan conflictos. El problema de ZP es que los multiplica innecesaria y excesivamente. Y no acaba de dedicarse en serio a resolver los verdaderamente propios de su gestión, que no es, ni por asomo, adoctrinar mentes de españolitos.
No bastan gestos de mitinero eficaz y lustroso. ZP debe demostrar con hechos eficaces que es un hombre de estado. Actuaciones explícitas en favor de las libertades esenciales. Está en juego la vigorización del tejido social, con el necesario retroceso del intervencionismo estatal innecesario. Es decir, la libertad.
“REALISMO Y FEMINISMO”
La dogmática feminista habitual en occidente sostiene un frente cerrado del que forman parte, como baluartes de abandono inimaginable, tres buques insignia. Primero: sostiene una visión muy negativa de los hombres varones. Segundo, exagera desaforadamente la opresión que sufren las mujeres en occidente. Tercero: se aferra, contra toda la abundante evidencia científica contraria, en que hombres y mujeres son absolutamente iguales.
Sostener hoy que las mujeres en Europa son ciudadanos de segunda clase es ligeramente absurdo. Lo lógico es que el feminismo quiera para las mujeres lo que quiere para todos los hombres y mujeres: un trato justo, respeto, dignidad, cordura, felicidad y ética. Incluso más, si ellas quieren; esto ya depende de ellas: en USA las mujeres obtiene el 57% de las licenciaturas, el 59% de los master y el 50% de los doctorados. En todos los grupos raciales estudiados por el Departamento de Educación norteamericano, las jóvenes superan a los varones. Y, sin embargo, seguimos en la retórica sistemática del feminismo victimista.
Cosa distinta es la situación de la mujer en Oriente Medio y África, en los países en vía de desarrollo, donde apenas ha soplado esta brisa de la libertad.
No es todo perfecto para ellas. Tampoco para ellos. Quizás el tema pendiente más serio es el de la conciliación de la familia y el trabajo. Porque, se quiera o no, el papel de la madre en la familia no es pura simetría especular de la función del padre. Función no poco averiada hoy: en muchas familias se ha eclipsado.
El problema es que determinado feminismo de género tiende a ver la masculinidad convencional como una patología. Como el origen de multitud de males en el mundo. Pero la mayoría de los hombres no son unos brutos ni unos opresores. Algunos sí lo son, como también algunas mujeres, -en su variante específica-, se les aproximan. Pero la generalización es un prejuicio. Concretamente, un prejuicio sexista. Los casos extremos de patología masculina no son el estándar: no son la norma.
Este feminismo tiene otro problema: se olvida de buscar a fondo la verdad. Holff Sommers examinó las tesis feministas sobre mujeres, violencia, depresión, trastornos alimentarios, igualdad salarial y educación. La mayoría de las estadísticas –no todas- sobre víctimas eran, en el mejor de los casos, equívocas y en el peor, completamente inexactas. Por ejemplo, Zorza, -coautor de un manual que la Facultad de Derecho de Berkeley considera imprescindible-, afirma que un tercio (33.33%) de las mujeres que acuden a urgencias en los hospitales americanos lo hacen por motivos de violencia doméstica. Un tópico consolidado del canon feminista, que no es verdad. Las estadísticas auténticas –por ejemplo, las de la oficina de Estadísticas Judiciales- indica que se trata del 0.5%. No pequeña diferencia.
Podría pensarse que se debe ser indulgente con algunos pequeños errores, que se deslizan en esa literatura como en cualquier otra. Pero no se trata de pequeñeces, sino de una gran masa de información descaradamente falsa. Peor aún, no pocos de los que difunden esos datos, están convencidos de que son ciertos. ¿Es irrelevante que en el núcleo del feminismo típico haya un gran cuerpo de datos que, si se tratasen de sustanciar a fondo, se revelarían falsos? Claro que sí. La verdad siempre es liberadora. La situación de las mujeres no mejora con las políticas de género y con exageraciones estrafalarias. Su credibilidad se desmorona. Por otra parte, es abochornante encontrarse con que distinguidos profesores de universidad y prestigiosos editores diseminan falsedades. Es triste. Pero no es raro.
Algunos de los contrastes evidentes que el feminismo denuncia, ¿No podrían deberse a que los hombres y mujeres tienen –por término medio- diferentes preferencias? Una cosa es la igualdad de oportunidades y otra la igualdad de resultados. Desde hace más de 30 años un cuerpo creciente de investigaciones en neurociencia, endocrinología y psicología sugiere que algunas de las diferencias de aptitudes y preferencias entre los textos tienen base biológica. David Geary publicó en 1998 un resumen de la literatura científica existente sobre las diferencias sexuales que parecen ser innatas. Ya era entonces apabullante, y hoy es mucho mayor. No es la última palabra, pero no se puede ignorar.
Es posible que la naturaleza no haya caído todavía en la cuenta de que se está comportando de modo políticamente incorrecto.
“DESPERTARES PENDIENTES”

La Declaración de Madrid, como ya es conocida, recoge un documentado alegato científico de un grupo de profesores universitarios, en defensa de la vida humana. Casi a la par, las vallas publicitarias se han visto invadidas por carteles que, entre otras cosas y sencillamente, muestran un par de bebés, uno de ellos humano, con un mensaje visual y textual elemental e inconfundible.
Simultáneamente el Foro de la Familia ha lanzado una campaña de concienciación, y –junto con muchas otras organizaciones-, promueve la movilización de manifestaciones en el próximo mes de noviembre, que no serán las primeras ni las últimas. Y también las Cofradías de Semana Santa, en no pocas ciudades españolas, se han preparado para protestar por la eminente degradación en la que las propuestas gubernamentales relacionadas con el aborto pretenden sumirnos.
El gobierno podrá pensar que este clamor de una parte importante de la sociedad española es irrelevante. Quizás no se lo esperaba.
Seguramente –pensarán algunos- es cosa de los obispos. Pero no. A muchos españoles les importa bastante poco lo que los obispos tengan que decir. Y actúan en consecuencia. A la vez, no tienen especiales dudas respecto del aborto: es evidentemente un mal rollo. Y la “Solución Bibiánica”, un dislate, en la línea de la “Solución Final” de Hitler. No son los obispos los que se enfrentan a la sociedad. Lo prueban, entre otras muchas, las iniciativas de las firmas que en 2008 pedían una moratoria mundial sobre el aborto, y el Manifiesto frente al Aborto, de muchas conocidas mujeres de la vida pública mundial.
Volvamos a la Declaración de Madrid. Se trata de profesores de universidad, investigadores en biología, genética, medicina, académicos e intelectuales de muy diversas profesiones. Los nombres están al alcance de todos. Sus afirmaciones no son confesionales. No pertenecen a ninguna rama integrista o radical. Sencillamente rechazan la instrumentalización de la vida humana en su etapa embrionaria y fetal, al servicio de lucrativos intereses económicos o como pasarela de modelos ideológicos de fachada.
Y afirman lo que todos sabemos, aunque no seamos muy listos: que la vida humana empieza en el momento de la fecundación. Todos hemos sido eso: un sencillo embrioncito. Si no hubiera podido desarrollarse ese pequeño “amasijo de células” que usted y yo fuimos, no estaría usted leyendo esto ni yo lo habría podido escribir. Es de Perogrullo.
De manera que el aborto no es solamente “la interrupción voluntaria de un embarazo”, sino un acto fundamentalmente cruel y simple de “interrumpir una vida humana” absolutamente indefensa. No pasa nada por llamar a las cosas por su nombre. Si se trata de eso, de eso se trata. Quizás lo hagamos, pero sabremos que lo que estamos haciendo no es pegar un sello, descorchar un cava o pisar una hormiga.
La espectacular obsesión ministerial para que una joven de 16 años pueda abortar sin apoyo ni consejo de sus padres suena a irresponsabilidad y parece una forma clarísima de atentar contra la mujer. Por no decir nada del varón depredador que suele esconderse detrás de cada caso de “tentación” de aborto, y del que no suele hacerse mención, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y puede que haya sido así.
Es sorprendente que haya que descender a defender semejantes evidencias. Como si tuviéramos la sensibilidad estragada. Pero no es algo nuevo. Al contrario, es de las cosas más viejas del mundo. Y de las menos civilizadas. No pertenece a la panoplia del progresismo, sino que es un regreso al pasado. Un pasado, en este aspecto, francamente turbio. Chesterton se equivocó: en esto, Roma no es mejor que Cartago.
Por eso resulta tan llamativamente progresista la iniciativa de la Generalitat Valenciana: las mujeres podrán acceder a las ayudas que les concederá por tener un niño desde el momento en que acrediten -con un certificado médico- que están embarazadas. Desde antes del nacimiento del bebé. O sea, desde el momento de la concepción. Justo y científico a la vez. La mujer embarazada no consta como un sujeto humano, sino como, por lo menos, dos. Es de sentido común.
¿Hace falta mucha inteligencia para comprenderlo? ¿Hace falta mucho valor para defenderlo? ¿Hace falta ser cristiano para aceptarlo? Pienso que basta ser humano. Y la inteligencia y el valor, los que permita la crisis.
“UNA VARIANTE DE FUTURO”
Cuando alguna gente dice que está a favor del suicidio asistido, suele querer decir que quieren que el médico haga todo lo posible por eliminar el sufrimiento. Y cuando se enteran o comprenden que hay otras opciones, aparte de sufrir o ir hacia una muerte rápida, no les cuesta demasiado cambiar de opinión. Y cuando se dan cuenta de lo que pasa cuando el suicidio asistido y la eutanasia se ponen en práctica a gran escala, quedan todavía más convencidos.
Porque la gente no sabe de qué va esta historia. En buena parte, gracias a los defensores de la eutanasia. Por ejemplo, se propone el suicidio asistido como alternativa a la eutanasia directamente aplicada por el médico, ya que la opinión pública, en el caso de que sepa o se interese por algo de este estilo, es más reticente a aceptar esta última. Pero todos ven claro –tanto defensores como detractores de la eutanasia- que una vez admitido el suicidio asistido, será imposible -legalmente, médicamente y moralmente- evitar que se llegue a la eutanasia realizada directamente por el médico.
Los problemas médicos y legales son enormes. En Holanda, cuando se produce un estado de coma prolongado tras la aplicación del suicidio asistido, al médico no le queda otro remedio que administrar una inyección letal. En USA los familiares y amigos no pueden soportar la incertidumbre de un estado de coma prolongado y sienten la necesidad de ahogar al paciente con una bolsa de plástico. Esto es lo que ocurrió con Jane, tal como describe Thimoty Quill. George Delury tuvo que hacer lo mismo con su mujer, y reconoció que, al ser insuficiente la dosis letal, tuvo que recurrir a mencionado procedimiento del plástico. Comenzamos con un ligero suicidio asistido y acabamos con la eutanasia casera pura y dura.
El suicidio asistido suele usarse con personas que todavía no están próximas a la muerte. No es infrecuente que se trate de personas que están sufriendo una depresión como consecuencia de su enfermedad y que, si se tratara adecuadamente, desearían seguir viviendo.
A la vez, los defensores de la eutanasia han exagerado el número de médicos que la practican y sugieren que eso exige legalizarla para poder regularla. Se trata de cambiar la ley mediante el poderoso argumento de que, tal como está, no se respeta. Pero, si nos fijamos en Holanda, vemos que –en realidad- la legalización crea un clima favorable a la desobediencia. Es verdad que, en teoría, la ley nunca permitirá que un médico acabe con la vida de un paciente sin su consentimiento. Pero hay médicos que ya lo hacen. Así que, una vez aprobada la eutanasia, se sentirán mucho más libres de hacerlo.
Volvamos a Holanda, pionera en tantas cosas nobles, aunque en esta no. El estudio Remmelink (1990) sobre la eutanasia en este país utiliza la eufemística expresión: “terminación del paciente sin su petición explícita”. Nada de ambigüedades: una aséptica ejecución hospitalaria. El estudio revela que en más de mil casos el médico causó la muerte de un paciente que no la había solicitado. Por razones diversas: “porque no podía tratar eficazmente el dolor, porque le faltaba calidad de vida, porque, aunque el tratamiento se le había retirado, el paciente no acababa de morirse, …”Los deseos del doctor, hay que suponerlo así, son los del paciente, que no los expresa o que no se da cuenta de que realmente los tiene.
La oposición a la eutanasia no es una cuestión religiosa. Ni de la Iglesia católica, o de las derechas integristas y vociferantes. ¿Vais a permitir que la iglesia católica os diga el modo cómo tenéis que morir? Se les espetaba a los votantes de Oregón. Pero no es eso. La gente desconoce que la Asociación Médica Estadounidense (AMA) es la organización que de modo más intenso e importante se opone a la legalización. Su informe, suscrito también por la Asociación Estadounidense de Enfermería, la de psiquiatría y otras muchas, fue el documento más citado por el Tribunal Supremo en su reciente decisión en contra de la eutanasia.
Los médicos más opuestos a la legalización son los especialistas en cuidados paliativos, los que cuidan a pacientes mayores y los psiquiatras con experiencia de pacientes suicidas. O sea, los que saben de qué va la cosa. Los que saben que la legalización de la eutanasia es una respuesta desinformada al reto de ayudar a estos pacientes. Le sugiero que se asomen a libro “Seducidos por la muerte”, de Herbert Hendin: es un horizonte nada tranquilizador, ya que en España tenemos también nuestro equipo político y mediático de entusiastas.
Los médicos que se oponen al suicidio asistido y a la eutanasia son los que están haciendo que los cuidados paliativos avancen. Porque saben que aquellos son mala medicina. Mala para el paciente, mala para el médico, mala para la sociedad.
“UN PARLAMENTO LEJANO”

El Parlamento belga, lejano de la realidad africana. Algunos lo habrán leído y muchos más lo habrán oído decir: el embajador del reino de Bélgica, siguiendo las instrucciones del ministro de Exteriores, ha comunicado al Secretario Vaticano para las Relaciones con los Estados la resolución por la que el Parlamento del susodicho país pide a su Gobierno que “condene las declaraciones del Papa Benedicto XVI con motivo de su viaje a África y eleve una protesta oficial ante la Santa Sede”.
La asamblea parlamentaria, después de escuchar con estupor y examinar con detenimiento y profunda hermenéutica un fragmento incompleto de una entrevista al Papa, un trozo desgajado y aislado de su contexto, ha concluido su imparcial y ecuánime examen sintiendo la imperiosa necesidad de elevar un grito a favor de la justicia, la verdad y la paz. Y del amor, naturalmente.
Nada especial que decir al respecto, ya que están en su derecho de dedicar su tiempo a lo que este se lo permita. Contemporáneamente, apuntándose al carro circulante, grupos de tolerantes entusiastas han considerado que merecía la pena no desaprovechar la oportunidad de tratar de intimidar al Benedicto XVI. Los parlamentarios belgas acababan de propiciar una ocasión. La ocasión la pintan calva, dice el refrán castellano.
Básicamente, se trataría de disuadir al Papa para que no se exprese sobre algunos temas cuya relevancia moral es evidente, y también para que deje de referirse a las enseñanzas de la doctrina católica. Si es mudo, no importa que sea católico. Si es católico y lo muestran sus palabras, entonces que se calle…
Recordemos el sencillo mensaje que ha desatado las iras de los tolerantes: Benedicto XVI, en respuesta a una pregunta sobre la eficacia y el carácter realista de la posición de la Iglesia en materia de la lucha contra el sida, declaró que la solución había que buscarla en dos direcciones: por una parte, la humanización de la manera de vivir la sexualidad; y, por otra, en la amistad y la disponibilidad auténticas hacia las personas afectadas. No parece ningún dislate. Todo lo contrario: perfectamente razonable. Averías que son consecuencias de cierto tipo de comportamiento piden cambios en el estilo de comportamiento. Pura lógica.
Ámbito, dicho sea de paso, en el que el compromiso de la iglesia es total: una dimensión moral y una dimensión educativa. Mientras nos mantengamos ajenos a esta realidad, no habrá solución completa. Por el contrario, cuando se ha intentado ponerlo por obra con seriedad –como en Uganda- los resultados han sido espectaculares: el gobierno ugandés invirtió un cuarto de dólar por persona y año. En dos años se percibió un masivo cambio de conducta y el sida se redujo en un 66%. El mensaje principal de la campaña ugandesa era: “ser fiel a la propia pareja”. Portentosamente antiguo el tema. Y ha funcionado.
¿La razón por la que se habla tan poco de ello? Una puede ser que la industria del sida es multimillonaria. Los inversores quieren recuperar su dinero multiplicado. Las intervenciones que tienden a ayudar a cambiar el comportamiento de la gente no producen esos ingresos. Seguiremos haciendo cosas que ya sabemos que no funcionan, pero confiaremos en que esta vez sea distinto.
Resulta un consuelo constatar que las consideraciones de orden moral del Papa han sido bien acogidas por sus destinatarios, que parecen haberlas entendido y apreciado: los africanos. Extraigo de sus propias palabras: “Agradecemos el mensaje de esperanza que el Papa vino a confiarnos en Camerún y Angola. Y le damos las gracias por haber replanteado a todos, con delicadeza, claridad y agudeza, la enseñanza de la iglesia en materia de pastoral de los enfermos del sida.”
Y por muchos amigos de África, sin excluir a la comunidad científica. Lean, si les apetece, el artículo de Edward Green en el Washington Post. Green es un experto mundial en sida. Es agnóstico. Sin embargo, su artículo se titulaba: “El Papa puede tener razón”. Y decía: “Lo científicamente comprobado es que las intervenciones que mejor funcionan son las que promueven la fidelidad y la abstinencia”.
Ya sabemos que en los medios domina la paranoia de la eficacia casi exclusiva del profiláctico para vencer al sida. Las campañas, que en algunos países europeos se han orquestado para recordárnoslo nos percuten asiduamente. Ya estamos vacunados. Basta ver las estadísticas.