A nadie sorprende que TV1 encuentre con facilidad, en su trayectoria hacia la superficie de la realidad, a un buen par de católicos de chicha y nabo, a los que puede interrogar ante las cámaras y arrancarles una profunda confesión de fe católica y, contemporáneamente, la más honesta y sensible declaración de amor al preservativo que quepa lograr en un encuentro tan aparentemente casual. Precisamente porque se trata de cuestiones de chicha y de nabo, el plástico está como está, y no extraña.
Tampoco, por tanto, debiera llamar la atención la tenacidad de una Iglesia que parece ser la única institución que no se deja impresionar por las fulminaciones mediáticas. Que sigue diciendo que un niño es más importante que un lince.
Hace años, José María Gironella entrevistó al inefable poeta Juan Eduardo Cirlot. Deseaba saber su opinión sobre la sistemática necesidad periódica de atacar a la iglesia católica que parecía darse en el pueblo español. Para Cirlot, la cuestión no admitía dudas: “Por una parte, lo explica la propia bajeza del pueblo. Pero la causa principal es otra. La Iglesia predica la castidad. Esa es la razón definitiva”. Esto no es hoy de elegante emisión o recibo, pero puede que pellizque una fibra sensible, viva y verdadera. Shakespeare no lo desmentirá.
Para Salvador Dalí, en cambio, estas acometidas se debían “a que los españoles son el pueblo que tiene más fe. A un pueblo de ateos ni siquiera se le ocurre preocuparse de estas cuestiones. Los españoles levantamos catedrales y luego las quemamos. Somos así: <
Nadie se tomó nunca en serio las excentricidades del genial pintor, porque sabían que vendía bien su propia mercancía, que le incluía. Fue un precursor. Nuestros políticos no son ni la mitad de geniales, ni la cuarta parte de divertidos, pero son también ocurrentes. Reiterativamente. Nadie les negará que las banderolas que enarbolan tienen algún predicamento: el atractivo de las geodésicas de la mínima energía, en el sentido freudiano: su caldo de cultivo habitual y su paradigma. Sus dogmas particulares. Patético.
Dalí establecía una relación íntima entre la religión y el rinoceronte. La relación, absolutamente evidente para cualquiera, es que la curva del cuerno del rinoceronte es una espiral logarítmica. Dalí creía que era la única representación natural de semejante ensaimada matemática, pero no es así. Todo lo contrario: la naturaleza está llena de espirales logarítmicas. Y también de cornamentas. Pero es verdad que para algunos pitagóricos, representaba la inmortalidad.
A estas alturas ya nadie podrá sorprender a nadie. Todo resulta soberanamente predecible: lo que dirá Zapatero, lo que dirá Pajín, lo que dirá De La Vega, lo que dirá la que igual da lo que diga. Lo que dirán todos. Les leeremos sin sorpresa y nos costará creer que se creen lo que dicen. Nos importará poco. No sabemos ante qué máscara estamos en cada momento.
A mi me resulta mucho más sugestivo y desconcertante el perpetuo desafío de la Iglesia Católica. Podemos decir que es una religión antigua. Podemos llamarla vieja. De hecho, en este momento de la historia, se ha convertido en una religión muy joven. Y casi más, en una religión de jóvenes. Solamente hay que saber apuntar el objetivo de la cámara de TV en la dirección adecuada. Aparece mucho más innovadora que las nuevas religiones, y una multitud de jóvenes que la siguen aparecen más enteros, orgullosos de su fe y seguros de su futuro que las típicas viejas guardias de antaño. Han recuperado la iniciativa, y nada tan saludable como una sostenida persecución, para mantenerlos activos, vivos y eficaces.
Con la iglesia católica pasa como con los aviones. Al alumno que preguntaba a su profesor de Mecánica de Vuelo- ¿Por qué vuelan los aviones?- podríamos contestar nosotros, como él, diciendo: “Dígame una sola razón por la que no debieran volar”.
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