“MUY LOGRADO”
En un espectacular ejercicio de autocrítica positiva, el último comandante del campo de exterminio de Auschwitz, un caballero llamado Hess, escribe en su diario que, se mire por donde se mire, la tecnología puesta en funcionamiento por el campo de concentración debía considerarse un logro técnico de altísimo nivel.
Requería tener en cuenta la programación de incorporaciones de trenes de desplazados que establecía el ministerio del Reich, y que estaba sujeta a muy frecuentes variaciones, impuestas por las condiciones –por decirlo de alguna manera- de subordinación a las propias eventualidades imprevisibles de la guerra mundial. También la capacidad de los crematorios y su fuerza de combustión eran extraordinarias, piensa Hess, pues permitían un ritmo de exterminios altísimo y un grado de consumición que dejaba pocos e irreconocibles residuos. Por otra parte, era necesario conseguir que esto funcionara de modo ininterrumpido: un programa fascinante y armonioso que se justificaba por sí mismo: una mezcla de obra de arte y de ingeniería que toda persona inteligente no podía sino valorar con admiración: un logro glorioso de la ingeniería industrial alemana.
Se comprende que, con tales ejemplos de inhumanidad, aquello no pudiera prolongarse. Como estaba escrito en una hoja volandera de la Rosa Blanca, “Hitler no podía ganar la guerra, pero sobretodo no debía ganarla”.
Sobre estas atrocidades se ha escrito tanto, y tantos monumentos se han construido, para que nunca transmute su recuerdo en cruenta leyenda de tiempos ya olvidados. Para que nunca pierda la capacidad de, por contraste, hacernos reflexionar y tratar de ser mejores.
Laudable pretensión, con diversos disfraces menos dignos, en ocasiones. Pero podemos ver también hasta qué punto ha fracasado. Todos somos hoy espectadores atónitos y, en última instancia, desamparados, ante el continuo incremento de toda clase de productos de salvajismo –camuflado de progresismo- cuyo único y común fundamento estriba en el abandono humano a lo que sea. También a los espacios de las colas malignas muy bien hechas.
Ahora, y mucho más cerca cronológica y geográficamente, y para evitar callar sobre lo esencial, pongamos sobre la mesa la prodigiosa Subcomisión Parlamentaria que analizará la modificación de la Ley del Aborto. Ha citado a 30 expertos para oír su autorizada opinión. Es entretenido y penoso repasarlos.
Algunos son realmente ex del aborto, como Elisa Sesma, ginecóloga procesada por aborto en la sanidad pública en 1987 o José Luís Doval, pionero de los abortos en Galicia. Tampoco faltan los gestores de clínicas abortistas: Santiago Barambio, que detalla lo que cobran por su intervención: unos 400 euros. Efectivamente, a cambio de una vida, barata es su faena. O Guillermo Sánchez, de la famosa clínica Dator: el abortorio privado mayor de España. No sabemos qué postura defenderá la ex ministra socialista Carmen Calvo ante los grupos parlamentarios, ni lo que dirán los restantes miembros de la comisión de expertos, hasta 30 –de los cuales 16 ya se han manifestado en diferentes ocasiones, por supuesto, completamente a favor-. No lo sabemos en los detalles, pero de sobra adivinamos lo que pasará.
Resumamos. De los 30 convocados, cinco tienen intereses económicos en juego, otros cinco forman parte de asociaciones de planificación familiar y otros cinco son miembros de plataformas feministas abortistas: los 15 citados se benefician directamente: unos porque lo hacen en directo, otros porque reciben subvenciones por ayudar a las mujeres a abortar. Dicho sea de paso, es curioso que no logren ver -algunas feministas- hasta qué punto el aborto es “violencia machista” de la peor calaña.
Ante la indiferencia de la mayoría, va adquiriendo fisonomía jurídica un tinglado del que podría también sentirse orgulloso el comandante Hess.
jueves, 30 de abril de 2009
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