“¿LIBERTAD TERMINAL?”
Las propuestas para legalizar la eutanasia –la muerte buena- suelen apelar a la libertad del individuo, que debería poder decidir con autonomía sobre su propia muerte. O sea, es la defensa de la libertad del enfermo. La libertad real del enfermo. Y cuentan también, por otra parte, las consecuencias de reconocer un derecho a morir legalmente exigible en la sociedad. Es evidente que se trata de un derecho –el de morir- que todos pondremos en práctica a su tiempo debidamente. Por lo tanto, la discusión se centra en que una persona pueda, mediante un acto libre y voluntario, solicitar ayuda para morir aquí y ahora. Esta petición generaría automáticamente un derecho.
No se trata exactamente del derecho a suicidarse: hoy está generalmente admitido que cada uno puede disponer de su propia vida sin incriminación penal aparente. Es algo muy distinto: compromete a la sociedad, pues el suicidio dejaría de ser un asunto privado y pasaría a ser un negocio público –o privado, como las numerosas y crecientes clínicas abortistas- apelando a reglas tutelares de derechos que exigirían la prestación de servicios por parte de los poderes públicos.
Pero las debilidades y la complejidad de los motivos que están en la base de una petición de muerte denotan más la impotencia y la desesperación de un individuo que el orgullo de elegir el propio destino. Por lo menos, compensa pensarlo un poco. Todos sabemos, porque no pocas veces lo hemos experimentado y lo seguimos haciendo, que el principio de la mayoría contiene en sí mismo algo de crueldad. La parte perdedora tiene que doblegarse, para conservar la paz, a la resolución de la mayoría. Esta resolución puede ser, no solo perfectamente necia, sino incluso nociva. Quizás, en el orden meramente humano, no hay otra manera de hacerlo. O quizás sí.
¿De qué libertad del enfermo estamos hablando? Frente al peso del infortunio, frente al peso de la enfermedad. Frente, también, a las consecuencias de las aparentes proezas técnicas que colocan al enfermo en una situación de dependencia extrema de artefactos sofisticados, caros, escasos, el reconocimiento de un presunto derecho a morir vendría a ser el de una libertad entendida como autodeterminación absoluta: “Esta es nuestra última libertad: ser siempre dueños de nosotros mismos, de nuestra muerte, y no abandonarnos a la voluntad de terceros”. Son palabras de Axel Kahn, genétista y médico.
Pero un dominio semejante sobre nuestro destino no es posible. Solamente en condiciones excepcionales, tan fuera de lo común que probablemente se trata de una abstracción tan irreal como el éter de James Clerk Maxwell. Para el enfermo terminal la vida y la muerte no se muestran como dos posibles opciones igualmente válidas: la vida, tal como la vive en esos momentos el enfermo, no se le muestra como una opción que solucione el ficticio dilema: el enfermo, teniéndose por libre, se precipita por la única salida que cree tener por delante. La vida se le ha vuelto insoportable y estima que la mejor opción es interrumpirla.
Esto es exactamente lo contrario de la libertad.
La voluntad del enfermo que pide la eutanasia es engañosa. Es la voluntad de un individuo solitario, aislado, abandonado, cuyas decisiones son el resultado de desajustes de vínculos sociales, de una solidaridad que no ha resistido la embestida de la erosión vital. No es la realización de una aspiración a la soberanía del individuo que se goza en autodeterminar su propia muerte. Casi todos los pacientes que reclaman morir están sentimentalmente completamente abandonados. Y quizás pusieron no pocos medios, a lo largo de su existencia, para que esto llegase a ser así. Puede ser. Y puede que no. Cada uno debe meditar en qué invierte su vida, mientras puede. Ayuda a orientarse el repasar los clásicos y pensar en el final de la jornada.
Una voluntad de muerte no se formula jamás en los términos ideales de una voluntad inmune a la coacción de cualquier factor externo. La enfermedad y la vejez son estados en los que resulta muy marcada la capacidad de la voluntad para ser influida por otros. Para una persona que se considera un estorbo para su propia familia o para el personal médico que la cuida, el derecho a morir es fácilmente interpretado como: “Tengo la obligación moral de desaparecer”.
El temor a ser una carga no es en absoluto una auténtica demanda de ayuda al suicidio: no es una expresión de libertad, sino de presiones directas o indirectas. El gobierno aprobará lo que quiera, pero es mejor hablar claro.
jueves, 30 de abril de 2009
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