“DESPERTARES PENDIENTES”
La Declaración de Madrid, como ya es conocida, recoge un documentado alegato científico de un grupo de profesores universitarios, en defensa de la vida humana. Casi a la par, las vallas publicitarias se han visto invadidas por carteles que, entre otras cosas y sencillamente, muestran un par de bebés, uno de ellos humano, con un mensaje visual y textual elemental e inconfundible.
Simultáneamente el Foro de la Familia ha lanzado una campaña de concienciación, y –junto con muchas otras organizaciones-, promueve la movilización de manifestaciones en el próximo mes de noviembre, que no serán las primeras ni las últimas. Y también las Cofradías de Semana Santa, en no pocas ciudades españolas, se han preparado para protestar por la eminente degradación en la que las propuestas gubernamentales relacionadas con el aborto pretenden sumirnos.
El gobierno podrá pensar que este clamor de una parte importante de la sociedad española es irrelevante. Quizás no se lo esperaba.
Seguramente –pensarán algunos- es cosa de los obispos. Pero no. A muchos españoles les importa bastante poco lo que los obispos tengan que decir. Y actúan en consecuencia. A la vez, no tienen especiales dudas respecto del aborto: es evidentemente un mal rollo. Y la “Solución Bibiánica”, un dislate, en la línea de la “Solución Final” de Hitler. No son los obispos los que se enfrentan a la sociedad. Lo prueban, entre otras muchas, las iniciativas de las firmas que en 2008 pedían una moratoria mundial sobre el aborto, y el Manifiesto frente al Aborto, de muchas conocidas mujeres de la vida pública mundial.
Volvamos a la Declaración de Madrid. Se trata de profesores de universidad, investigadores en biología, genética, medicina, académicos e intelectuales de muy diversas profesiones. Los nombres están al alcance de todos. Sus afirmaciones no son confesionales. No pertenecen a ninguna rama integrista o radical. Sencillamente rechazan la instrumentalización de la vida humana en su etapa embrionaria y fetal, al servicio de lucrativos intereses económicos o como pasarela de modelos ideológicos de fachada.
Y afirman lo que todos sabemos, aunque no seamos muy listos: que la vida humana empieza en el momento de la fecundación. Todos hemos sido eso: un sencillo embrioncito. Si no hubiera podido desarrollarse ese pequeño “amasijo de células” que usted y yo fuimos, no estaría usted leyendo esto ni yo lo habría podido escribir. Es de Perogrullo.
De manera que el aborto no es solamente “la interrupción voluntaria de un embarazo”, sino un acto fundamentalmente cruel y simple de “interrumpir una vida humana” absolutamente indefensa. No pasa nada por llamar a las cosas por su nombre. Si se trata de eso, de eso se trata. Quizás lo hagamos, pero sabremos que lo que estamos haciendo no es pegar un sello, descorchar un cava o pisar una hormiga.
La espectacular obsesión ministerial para que una joven de 16 años pueda abortar sin apoyo ni consejo de sus padres suena a irresponsabilidad y parece una forma clarísima de atentar contra la mujer. Por no decir nada del varón depredador que suele esconderse detrás de cada caso de “tentación” de aborto, y del que no suele hacerse mención, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y puede que haya sido así.
Es sorprendente que haya que descender a defender semejantes evidencias. Como si tuviéramos la sensibilidad estragada. Pero no es algo nuevo. Al contrario, es de las cosas más viejas del mundo. Y de las menos civilizadas. No pertenece a la panoplia del progresismo, sino que es un regreso al pasado. Un pasado, en este aspecto, francamente turbio. Chesterton se equivocó: en esto, Roma no es mejor que Cartago.
Por eso resulta tan llamativamente progresista la iniciativa de la Generalitat Valenciana: las mujeres podrán acceder a las ayudas que les concederá por tener un niño desde el momento en que acrediten -con un certificado médico- que están embarazadas. Desde antes del nacimiento del bebé. O sea, desde el momento de la concepción. Justo y científico a la vez. La mujer embarazada no consta como un sujeto humano, sino como, por lo menos, dos. Es de sentido común.
¿Hace falta mucha inteligencia para comprenderlo? ¿Hace falta mucho valor para defenderlo? ¿Hace falta ser cristiano para aceptarlo? Pienso que basta ser humano. Y la inteligencia y el valor, los que permita la crisis.
jueves, 30 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario