“A CHARLES DARWIN Y VUELTA”
El dominio del Darwinismo en la explicación de la evolución está siendo discutido con especial fuerza, no sólo a partir de la aparición en los años noventa del movimiento del “Intelligent Design (ID)”. Desde un punto de vista estrictamente científico, y sobre la base de las aportaciones de la bioquímica, los defensores del ID advierten la existencia de un diseño en la naturaleza y niegan que algunos sistemas complejos puedan ser el resultado del acaso o haber sido formados de un modo gradual.
En 1991 Phillip E. Johnson publicó su Darwin on Trial, calificando al Darwinismo de no ser, estrictamente hablando, una teoría científica, sino una simple filosofía materialista. Michael Behe –bioquímico de la Universidad de Lehigh- publicó en 1996 su libro La caja negra de Darwin. Divulgación científica de primera categoría que alcanzó un gran éxito editorial. Recibió críticas, pero también el reconocimiento de los especialistas. La teoría del Diseño Inteligente niega que los sistemas biológicos que poseen una complejidad irreductible a la mera combinación de sus partes puedan haberse formado de manera gradual, como sostiene -en un intento de explicación- el neodarwinismo. Behe analiza el caso del escarabajo bombardero, cuyo sistema defensivo es tan sofisticado que incluso ha sido estudiado como posible método de propulsión a reacción. Presenta una complejidad que Behe denomina irreductible. Es decir, que no puede reducirse –ni realizarse de hecho- mediante pasos intermedios más sencillos.
Los neodarwinistas sugieren algo así como que para construir un aparato de música estéreo basta con unir dos altavoces, un amplificador, un reproductor de CD y un sintonizador. Y no es mentira, pero no es toda la verdad. Falta explicar cada uno de los bloques. ¿Cómo han llegado hasta aquí?. Por otra parte, ¿Cómo se sabe que un sistema es verdaderamente irreductible? Según Behe, la ciencia que tiene la clave es la bioquímica.
Es muy difícil permanecer indiferente ante sus explicaciones de sistemas bioquímicos que se conocen con bastante detalle hasta el nivel molecular. Por ejemplo, el cilio bacteriano, la coagulación de la sangre, los subsistemas de la célula eucariota o el sistema de transporte de las proteínas. En todos ellos descubrimos la evidencia de un diseño. Son –esta es la cuestión fundamental- sistemas diseñados. Un autor inteligente ha dado forma a dichos sistemas. No se dice quién es el autor, ni cuando ejerció su actividad creativa. No niega tampoco el neodarwinismo, pero no lo acepta para todo: no funciona.
Cada vez es mayor el número de científicos que defienden que el diseño se puede detectar científicamente. William Dembski –matemático del MIT, Físico por Chicago y Licenciado en Ciencias de la Computación por Princeton- defiende esta posición. Incluso propone algoritmos para lograrlo.
Las críticas contra el ID son encendidas y no sólo entre los científicos que son abierta y declaradamente materialistas por razones acientíficas o de opción intelectual, como Richard Dawkins, Peter Atkins o el fiolósofo Elliot Sober. El nacimiento del ID tiene lugar en un escenario marcado claramente por una polémica que, en buena parte, tiene tintes ideológicos y no se ha desarrollado exclusivamente en el ámbito científico. Ambos oponentes acusan a sus contradictores de no ser científicos, como suele suceder en otros muchos ámbitos de dialécticas ligeras.
Quizás unas palabras del Cardenal Schönborn puedan ayudarnos a centrar el tema: no se trata de oponerse a una teoría científica que denominamos “teoría de la evolución”, sino contra el evolucionismo entendido como “una postura ideológica según la cual la evolución explica por completo el desarrollo del cosmos”. Tampoco significa aceptar el creacionismo de algunos fundamentalistas protestantes, ya que la interpretación católica de los fragmentos bíblicos que narran el supuesto origen del universo, declara llanamente que no se trata de una teoría científica. El creacionismo no es, por tanto, una verdadera alternativa a la teoría evolucionista.
En realidad, todo esto supone reconocer, en los abrumadores indicios de finalidad y designio que encuentra la ciencia al estudiar la naturaleza viva, la complejidad y organización que la impregnan, la referencia a una inteligencia superior. Basta, para ello, el ejercicio común y filosófico. Una teoría científica debe estar abierta a las críticas científicas. Y no pretender gozar de inmunidad ideológica, como si fuera una ofensa a la dignidad de Darwin –o de NeoDarwin- decir que hay muchas cuestiones que esta teoría no logra explicar, aunque en las aulas de los colegios –supongo que por simplificar- se enseñe otra cosa.
jueves, 30 de abril de 2009
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