“REALISMO Y FEMINISMO”
La dogmática feminista habitual en occidente sostiene un frente cerrado del que forman parte, como baluartes de abandono inimaginable, tres buques insignia. Primero: sostiene una visión muy negativa de los hombres varones. Segundo, exagera desaforadamente la opresión que sufren las mujeres en occidente. Tercero: se aferra, contra toda la abundante evidencia científica contraria, en que hombres y mujeres son absolutamente iguales.
Sostener hoy que las mujeres en Europa son ciudadanos de segunda clase es ligeramente absurdo. Lo lógico es que el feminismo quiera para las mujeres lo que quiere para todos los hombres y mujeres: un trato justo, respeto, dignidad, cordura, felicidad y ética. Incluso más, si ellas quieren; esto ya depende de ellas: en USA las mujeres obtiene el 57% de las licenciaturas, el 59% de los master y el 50% de los doctorados. En todos los grupos raciales estudiados por el Departamento de Educación norteamericano, las jóvenes superan a los varones. Y, sin embargo, seguimos en la retórica sistemática del feminismo victimista.
Cosa distinta es la situación de la mujer en Oriente Medio y África, en los países en vía de desarrollo, donde apenas ha soplado esta brisa de la libertad.
No es todo perfecto para ellas. Tampoco para ellos. Quizás el tema pendiente más serio es el de la conciliación de la familia y el trabajo. Porque, se quiera o no, el papel de la madre en la familia no es pura simetría especular de la función del padre. Función no poco averiada hoy: en muchas familias se ha eclipsado.
El problema es que determinado feminismo de género tiende a ver la masculinidad convencional como una patología. Como el origen de multitud de males en el mundo. Pero la mayoría de los hombres no son unos brutos ni unos opresores. Algunos sí lo son, como también algunas mujeres, -en su variante específica-, se les aproximan. Pero la generalización es un prejuicio. Concretamente, un prejuicio sexista. Los casos extremos de patología masculina no son el estándar: no son la norma.
Este feminismo tiene otro problema: se olvida de buscar a fondo la verdad. Holff Sommers examinó las tesis feministas sobre mujeres, violencia, depresión, trastornos alimentarios, igualdad salarial y educación. La mayoría de las estadísticas –no todas- sobre víctimas eran, en el mejor de los casos, equívocas y en el peor, completamente inexactas. Por ejemplo, Zorza, -coautor de un manual que la Facultad de Derecho de Berkeley considera imprescindible-, afirma que un tercio (33.33%) de las mujeres que acuden a urgencias en los hospitales americanos lo hacen por motivos de violencia doméstica. Un tópico consolidado del canon feminista, que no es verdad. Las estadísticas auténticas –por ejemplo, las de la oficina de Estadísticas Judiciales- indica que se trata del 0.5%. No pequeña diferencia.
Podría pensarse que se debe ser indulgente con algunos pequeños errores, que se deslizan en esa literatura como en cualquier otra. Pero no se trata de pequeñeces, sino de una gran masa de información descaradamente falsa. Peor aún, no pocos de los que difunden esos datos, están convencidos de que son ciertos. ¿Es irrelevante que en el núcleo del feminismo típico haya un gran cuerpo de datos que, si se tratasen de sustanciar a fondo, se revelarían falsos? Claro que sí. La verdad siempre es liberadora. La situación de las mujeres no mejora con las políticas de género y con exageraciones estrafalarias. Su credibilidad se desmorona. Por otra parte, es abochornante encontrarse con que distinguidos profesores de universidad y prestigiosos editores diseminan falsedades. Es triste. Pero no es raro.
Algunos de los contrastes evidentes que el feminismo denuncia, ¿No podrían deberse a que los hombres y mujeres tienen –por término medio- diferentes preferencias? Una cosa es la igualdad de oportunidades y otra la igualdad de resultados. Desde hace más de 30 años un cuerpo creciente de investigaciones en neurociencia, endocrinología y psicología sugiere que algunas de las diferencias de aptitudes y preferencias entre los textos tienen base biológica. David Geary publicó en 1998 un resumen de la literatura científica existente sobre las diferencias sexuales que parecen ser innatas. Ya era entonces apabullante, y hoy es mucho mayor. No es la última palabra, pero no se puede ignorar.
Es posible que la naturaleza no haya caído todavía en la cuenta de que se está comportando de modo políticamente incorrecto.
jueves, 30 de abril de 2009
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