jueves, 30 de abril de 2009

“CARTELITOS EN LOS BUSES”
Un veterano filósofo, catedrático jubilado de la Universidad de Oviedo, nacido en 1924 en Santo Domingo de la Calzada, mantiene enhiesto el estandarte del más característico materialismo dialéctico. Y explica por qué. Hasta aquí nada llamativo, salvo el hecho mismo.
Gustavo Bueno, que se dedica a promover los fines de la fundación que lleva su nombre, nos ha relatado en un reciente libro los criterios que le llevan a afincarse con fuerza en el reducto del talante materialista. En ese mismo texto –de modo no poco sorprendente- , nos ofrece un lúcida reflexión sobre la relación entre Dios y la razón. Y sobre la razón y Dios.
Y termina su intervención con una motivada reivindicación del papel de Dios –del Dios del catolicismo- en defensa de la razón, frente a las inundaciones de tipo supersticioso, gnóstico, nihilista, relativista o fundamentalista. En el clima cultural de nuestra España es inusitado encontrar una postura así. Tan abierta que desvela –valga lo que valga la expresión- un espíritu libre y amante de la razón y de la verdad. Un bien notoriamente escaso.
El contexto es el de un libro en que intervienen creyentes junto con agnósticos o ateos; hombres de occidente junto a hombres del medio oriente; cristianos junto con musulmanes y judíos. Por ejemplo, aparte del ya mencionado Gustavo Bueno Martínez, ateo, tenemos a Jon Juaristi , poeta, novelista y ensayista convertido al judaísmo. Interviene también Wael Farouq, profesor de ciencias islámicas en la Facultad copto-católica de El Cairo. Y Sari Nusseibeh, filósofo y rector de la Universidad Árabe Al-Quds, de Jerusalén Este. Uno de los intelectuales palestinos más prestigiosos a nivel mundial. Sin agotar el elenco de interventores, mencionemos también al sudafricano J. H. Weiler, constitucionalista judío, director del Centro de Estudios Jean Monnet de Estudios Europeos e Internacionales de la New York University.
Quizás pueda no sorprender que personajes de tan diferente concepción religiosa hayan decidido aunar su voz en defensa de algún aspecto benéfico- sociológico- pacifista-solidario de nuestro pirotécnico mundillo ideológico. Pero no. Se trata de algo más elemental, pero de alcance mucho mayor: la defensa de la razón.
Leamos unas palabras de uno de los autores que colaboran en el libro:. “No es difícil comprender, por tanto, que es precisamente el Dios de los cristianos quien ha salvado a la razón humana a lo largo de la historia de Occidente y hasta qué punto tiene sentido afirmar que podrá seguir salvándola en los momentos impredecibles, pero inexcusables, en lo que los contactos de las “sociedades occidentales” con las “sociedades orientales”, o de cualquier otra estirpe, ponga a la racionalidad históricamente conquistada ante el peligro de su mayores extravíos”. Evidentemente, a juzgar por el contenido, podrían ser de Joseph Ratzinger, que también colabora en el libro. Pero no. Son del ateo Gustavo Bueno. Porque el libro se titula: “Dios salve la razón”.
Y tiene sentido, con independencia de las creencias de cada uno. La advertencia de Hannah Arendth mantiene una actualidad creciente: “La preparación para el totalitarismo tiene éxito cuando los hombres y las mujeres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para las que ya no existen la distinción entre el hecho y la ficción y la distinción entre lo verdadero y lo falso”.
Ambas cosas son actualmente cultivadas preferentemente. Vivir de la simulación y no preocuparse por la verdad. De modo rudimentario pero eficaz, este lenguaje es utilizado sistemáticamente. Hasta el punto de que, por ejemplo, se nos hace creer que el gobierno tiene la culpa de todo, porque no se pone decididamente a predecir el futuro. Estamos esperando que el poder nos garantice que nunca enfermaremos, que no se trastocará ninguno de nuestros planes, que no nos moriremos. Si nos gusta ser ingenuos, allá nosotros.

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