jueves, 30 de abril de 2009

“DINERO Y ENSEÑANZA”

Ocasionalmente, no faltan las manifestaciones –generalmente promovidas por sindicalistas concienciados o teledirigidos – en defensa de la enseñanza pública y en defensa de lo que consideran sus dineros. Eventualmente, también contra la enseñanza privada. O sea, a favor de la enseñanza y contra la enseñanza: ambas cosas. No por la enseñanza, sino por quien la imparte. Es curioso.
Un estudio de la Fundación Heritage indica que desde los años ochenta ha habido un fuerte aumento del dinero que se dedica a la enseñanza primaria y secundaria: casi un aumento del 50% en términos reales. Pero las notas, la tasa de fracaso escolar y otros indicadores de calidad, no han mejorado en la misma proporción. Ni mucho menos tampoco.
Lo que llama la atención en el estudio de la Fundación Heritage es que mientras el gasto público en educación se ha disparado, los resultados académicos se encuentran estancados. Por ejemplo, desde los años setenta, en las pruebas anuales de lectura de la Asociación Nacional para la Valoración del Progreso Educativo, no se percibe ningún avance significativo. Incluso para los realizados a los alumnos de 17 años se aprecia un ligero descenso en la puntuación, a partir de 2001.
También se ha mantenido estable, con ligeras oscilaciones, el porcentaje de alumnos que consiguen graduarse en las escuelas públicas. Según los datos ofrecidos por el Centro Nacional de Estadística Educacional, en el curso 1990-91, el índice medio fue de 74,7%. En el 2006 bajó al 73,4 %.
El estudio de la Fundación Heritage señala que tampoco se ha logrado la igualdad educativa, pese al esfuerzo económico para aumentar el rendimiento académico de las minorías. Ni los estudiantes negros ni los hispanos han conseguido salvar la distancia que los separa de los blancos. Porque –se me estaba olvidando mencionarlo- estamos hablando de USA. Los hispanos, por ejemplo, terminan sus estudios en un 60%, mientras que los denominados estudiantes “blancos”, los terminan en un 80%. Desde este punto de vista –contemplando la tasa de fracaso escolar en España- la comparación es coherente: los españoles se comportan como “hispanos”, y nadie se lo puede echar en cara: es lógico.
Hace ya años que se sabe que no existe una relación unívocamente proporcional entre gasto público y calidad en la educación. Pero, para la gente, gente natural, sencilla, espontánea y despreocupada de los matices, emparentar ambas cosas es inmediato. La encuesta anual de Gallup que estudia la actitud de la sociedad hacia la escuela refleja, desde hace años, que muchos piensan que el principal problema de la educación pública es la falta de fondos. No han oído hablar del incremento de gasto verificado en las últimas décadas.
En realidad, la falta de fondos es el problema principal de la educación privada, no de la pública. Aún así, logra rendimientos -por euro- dobles de los de la pública. La conclusión, desde el punto de vista de la economía, salta a la vista.
Los autores del informe, después de un concienzudo estudio de las estadísticas y de repasar informes similares, concluyen que existe un acuerdo unánime entre los especialistas: con independencia del gasto público y su relación con la calidad de la enseñanza, es importante establecer mecanismos que se centren en una asignación y empleo eficaces de los recursos. De hecho, solamente el 52 % del dinero destinado a educación se destina a partidas directamente relacionadas: sueldos de los profesores, material escolar, etc.
Por tanto, para mejorar la calidad de la enseñanza, hay medidas más eficaces que aumentar la financiación. Por ejemplo, entre otras, simplificar la burocracia y controlar cómo se gasta ese dinero. Por mucho que se dilapide, no dará mejor educación si no se facilita el perfeccionamiento de los profesores. O si no se refuerza su autoridad en el aula, y la de los directores de los Institutos, entre otras cosas.

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