“ATEOS INTELIGENTES”
Un casi inadvertido libro de la editorial Espasa, titulado ¿Dios existe?, recoge un debate entre Joseph Ratzinger y Paolo Flores d´Arcais. Por una parte, un filósofo y teólogo católico del que puede sospecharse con algún fundamento que no pertenece a la incoherente especie de creyentes no practicantes. Por otra, un periodista y filósofo ateo, decidido impulsor de los valores cívicos - democracia, igualdad- con unas creencias civiles que parecen solicitar una dosis no menor de fe. Colaborador de numerosos diarios y revistas y fundador de la revista de pensamiento-con Voltaire en el horizonte- Micromega. Una referencia fundamental en el ámbito intelectual de la Europa contemporánea, según el editor.
En un brioso lance del debate –un debate que no pierde estilo y nobleza, y que está bien lejos de las dialécticas politiqueras de los abrevaderos mediáticos españoles- d´Arcais explica como “le resulta hasta repugnante la idea de considerar homicidio un aborto, y hasta encuentra –dice- inmoral a quien sostiene semejante opinión”. Interesante afirmación sobre la moralidad de un pensamiento. Pero sigamos.
Cuando Flores d`Arcais define –de pasada- el embrión humano como un agregado de células indiferenciadas, estamos oyendo a Stephen Jay Gould y Jacques Monod: la naturaleza no envía ningún mensaje, porque no ha habido creación alguna: todo es casual y lo natural es que siga siendo casual.
Pero pensar que entre usted, lector, o yo –que escribo esto- y el embrión que ambos fuimos no hay ninguna relación, no parece que sea el colmo de la lucidez intelectual. No; las células indiferenciadas del embrión de d´Arcais sabían a dónde iban: tenían un programa. Por lo tanto, estaban bien lejos de ser un magma orgánico indiferenciado: eran un programa en marcha. Con tanta marcha que han acabado configurando un ser humano maduro que ahora duda que supieran a dónde iban. Pero eso es otra cosa. Tampoco ahora, según confiesa, parece saberlo él.
Las palabras de Ratzinger que dieron la réplica a las ya mencionadas fueron muy sencillas: “Flores d´Arcais ha dicho que considerar el aborto como un homicidio es un hecho inmoral. Eso no lo acepto. Yo puedo entender sus vacilaciones sobre esta cuestión, pero afirmar que existe la evidencia de que se trata aquí de un ser humano muy débil, dependiente, y que por tanto matarlo es matar a un hombre, me parece que decir eso –apelando así a la conciencia y a la reflexión- no puede caricaturizarse como inmoral.”
El argumento, para el que haya visto el DVD del Doctor Nathanson “El grito Silencioso”, o, más recientemente, haya escuchado a Eduardo Verástegui decir: “Ninguna mujer abortaría, si tuviera el vientre de cristal”, es flagrantemente evidente.
Que el hombre no quiera aceptar el mensaje de la naturaleza no significa que no se trate realmente de un mensaje. Desde un punto de vista racional no debería resultar tan difícil comprender que el hombre es una criatura, un ser especial que lleva en sí una dignidad que debemos siempre respetar en el otro, aunque nos parezca alguien sin valor, antipático o expoliador de nuestro planes de comodidad. Hay un momento de particular lucidez en d`Arcais cuando sabe reconocer que la piedra donde tropieza el ateo es, sencillamente, su incapacidad para vivir la caridad. No es un problema exclusivo del ateo, pero este no encontrará nunca motivos suficientes para convertirla en motor de su vida.
La visión cristiana no es irracional. Es como tener un coche con una marcha más, aunque los admiradores del desencanto prefieran el aura de incertidumbre que decora el ateismo propagandista. Decantarse por la pura militancia formal en cualquier cosa, con independencia de los contenidos, y llamarlo madurez del hombre moderno suena a burla, puesto que sabemos que hay no pocas leyes -promulgadas a través de mecanismos democráticos correctos- que son sustancialmente injustas. Quizás por esto, desde su ateismo, d`Arcais postula una vuelta a los valores del Evangelio.
jueves, 30 de abril de 2009
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