jueves, 30 de abril de 2009

“APRENDER DE LA HISTORIA”
La aparente posición de ZP frente a la religión es un remedo ligeramente actualizado utópico francés del XIX. Mientras el todo el mundo crecen las corrientes de mayor valoración del hecho religioso, ZP parece desear recorrer el camino inverso: conducirlo a las catacumbas sociales. La ya vieja ley de los denominados “matrimonios” entre homosexuales -por mencionar un caso- busca una mutación radical del ecosistema familiar. Las opiniones negativas en avalancha, aunque procedieran de los más prestigiosos organismos jurídicos españoles, fueron irrelevantes: Consejo del Poder Judicial, Real Academia de Jurisprudencia, Consejo de Estado. Ocurrió, además, un hecho inédito en el panorama español: la objeción de conciencia presentada por algunos jueces a la hora de aplicarla.
Si a eso se unen las manifestaciones populares contra esta legislación, resulta que la ley de matrimonios homosexuales fue un artefacto político elaborado de espaldas y contra la realidad social española. Un aditamento hijo exclusivo de la ideología de género, segregado mental triunfante del momento, hasta que la naturaleza impacte de nuevo sus claves, sencillas, pero radicales, dejando heridos por el camino. Y el caso del aborto todavía es más flagrante. No se quiere escuchar a la sociedad, sino plancharla con la apisonadora autodenominada “progre”.
La postura de Zapatero recuerda al Clinton inicial y sus decisiones sobre homosexuales & lesbianas. Zapatero quiso «despachar» cuanto antes un tema polémico, y dejar para la segunda parte de su mandato cuestiones que «dejen mejor recuerdo» para sus electores. Ya llegaría la “Educación para la ciudadanía”. Ya ha llegado.
ZP disgusta a muchas personas moderadas. Y para agudizar el problema, se ha encontrado un enemigo refractario a los slogans y a las pancartas de manifestación: la resistencia de la realidad económica, que se niega a plagarse a un optimismo de “diletante” que juega a aprendiz de brujo. Algo frente a lo cual la ideología no tiene nada que decir, porque manda el análisis de la realidad. Pero la realidad no le resulta fácil de reconocer a ZP, según vemos. En un contexto más ambicioso y normalmente menos acuciante, la religión se entiende más bien como una posición «de apertura» a los valores esenciales a los que apunta la dignidad humana. Su misión es «alentar» a sus fieles para que se defiendan de esa tendencia que tiene el poder de sustituir las viejas teocracias por las «ideocracias» civiles, nuevas formas de religiones intolerantes, que también viajan en autobús. La firmeza de la Iglesia consiste en buscar todos los cauces posibles para que su mensaje «alentador» sea valorado en la bolsa social de los valores. En realidad, la Iglesia ha participado -aunque no ha organizado- por lo menos en dos grandes manifestaciones sociales: una en defensa de la familia y otra en defensa de la libertad de educación. Esta participación se explica porque, efectivamente, familia y educación son símbolos de libertades esenciales. Valores humanos esenciales, «no negociables». En la esencia del mensaje cristiano se incluye el respeto para todas las posiciones políticas. La recíproca también es debida. ¿Quién se atreverá a juzgar la toma de posiciones electorales, y las declarará bastardas si lo han sido de modo acorde al pensamiento cristiano? Este es un problema de la conciencia de cada uno. Y dice poco del talante democrático de una persona que no las soporta, porque no las comparte. La Enseñanza es un problema de adecuada interpretación de la Constitución española y de los Acuerdos internacionales vigentes. A la vista de los textos legales, cualquiera que sepa leer de modo inteligente entiende que la asignatura de religión ha de ser una asignatura de adecuada atención. No simplemente una «cenicienta» soportada como una intrusa. Al mismo tiempo, los padres tienen derecho a una enseñanza para sus hijos de acuerdo con las convicciones personales que ellos –no sus profesores, ni sus gobernantes- alimentan. Por cierto, esto también es válido si prefieren una enseñanza diferenciada, -como la que va ganando continuamente adeptos-, para ciertas edades de los hijos.
En la medida en que el gobierno pone obstáculos a estos planteamientos, la Iglesia simplemente le recuerda que están protegidos no sólo por esas normas, sino también por su interpretación jurisprudencial. De ahí los conflictos. Entre el Estado y la Iglesia existe una «delgada línea azul». En toda frontera no es de extrañar que existan conflictos. El problema de ZP es que los multiplica innecesaria y excesivamente. Y no acaba de dedicarse en serio a resolver los verdaderamente propios de su gestión, que no es, ni por asomo, adoctrinar mentes de españolitos.
No bastan gestos de mitinero eficaz y lustroso. ZP debe demostrar con hechos eficaces que es un hombre de estado. Actuaciones explícitas en favor de las libertades esenciales. Está en juego la vigorización del tejido social, con el necesario retroceso del intervencionismo estatal innecesario. Es decir, la libertad.

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