“TEOLOGÍA DE AUTOBÚS”
Dice Ayllón en su más reciente libro, que la cadena de ateos que se bajan del autobús de la probabilidad negativa es creciente. Y es lógico. Porque a nadie le agrada que le tomen por débil mental. Los cartelitos de la publicidad sobre la inexistencia de Dios, al margen de la simplonería que rezuman, y al margen también del componente de insulto a los creyentes, carecen de blanco objetivo: no estamos preocupados y procuramos disfrutar bastante de la vida, creyentes o no. El suplemento de indiferencia que nos quiere proporcionar el afamado premio Nobel inductor de la campaña no lo necesitamos. Nos basta con la sobrada dosis que ya tenemos.
En cualquier caso, no es el pensamiento de Dios lo que nos impide gozar la vida. Basta asomarse a la historia reciente, sin recortarla. Desde una perspectiva negativa, encontramos, -y sabemos que las hay aunque no las encontremos-, personas que no sólo se destruyen a sí mismas, sino que corrompen también a otros y dejan tras de sí fuerzas destructivas que afectan negativamente a generaciones enteras. Lo sepamos, o no, somos víctimas. Pensemos en los grandes líderes negativos del siglo XX y nos daremos cuenta de cuán real es todo esto. La negación de unos se convierte en una enfermedad contagiosa que arrastra a los demás, a veces en un contexto de infidelidad educada y cortés, otras veces impregnada de violencia.
¿Quién duda que puede encontrar en los medios de información muchas más medias verdades –no rara vez mentiras directas- de las que resultan imaginables? ¿Quién es tan lelo que no observa a su alrededor multitud de personas cultas, capaces de crear ingeniosos aforismos –y no digamos nada si son políticos palabreros- para cada ocasión y para cada persona, pero carentes de vínculos personales profundos ni con la religión ni con la filosofía? Quizás su único pacto respetado es con la frivolidad. Su lema: “Carpe Diem”. Cualquier publicación dominical transpira, en gran parte de su contenido, este vacuo estilo: grafican superficialidad y suntuosidad insultante: no existe apenas ninguna interioridad que merezca la pena cultivar. Por lo menos, si la hay, no la comunican.
Pero hay también personas que, por decirlo de alguna manera, dejan tras de sí un superávit de capacidad de amar, de comprender, que alcanza y sostiene también a otras personas. Es raro que este fruto proceda del ateismo. Algunos hay cuya luz, como la luz de remotas estrellas ya extintas, nos llega todavía. Son una anomalía. A menudo básicamente sólo caparazón.
Huir de Dios no nos hace mejores. Dejar de pensar – el “despreocúpate” de los autobuses- no nos hace más humanos. Probablemente los espacios públicos que los ciudadanos utilizan de modo obligado no debieran ser empleados para publicitar mensajes que ofenden convicciones religiosas de muchos de ellos. Insinuar que Dios probablemente es una invención de los creyentes y afirmar que no les deja vivir en paz ni disfrutar de la vida, es, probablemente, un modo objetivo de insultar. Me pregunto qué habría pasado si en vez de la palabra “Dios” estuviese escrita la palabra “Alá”.
Menospreciar a una persona porque practica una religión no es precisamente una hermosa muestra de tolerancia. Es más, podríamos decir que demuestra que se respira por la herida. Puede no ser una herida, pero es siempre una insuficiencia. Una insuficiencia respiratoria, porque la fe da por supuesta la razón, de la misma manera que la gracia da por supuesta la naturaleza. De ahí que existan valores cristianos que son “valores humanos” y que, por tanto, todo hombre puede compartir con independencia de sus creencias personales.
A partir de la naturaleza racional de Dios y la compatibilidad entre fe y razón, la fe puede desempeñar un papel importante como factor equilibrante y corrector de una razón abandonada a su propia suerte. Al hilo de estas consideraciones, sorprende que un filósofo materialista como Gustavo Bueno coincida en afirmar que el modelo de razón de la tradición católica resulta más adecuado, tanto para evitar el fundamentalismo de nuevas formas de religiosidad como los extravíos dogmáticos del cientificismo.
En palabras de Glucksmann, dirigidas contra del pensamiento débil: “la razón no peca ya por arrogancia sino por renuncia suicida; propaga entre los posmodernos el odio por el pensamiento”. Y nos recuerda que la renuncia a la verdad y a los fundamentos, el nihilismo consecuencia del derrumbe de la posmodernidad filosófica, es el caldo de cultivo de los enfrentamientos grandes y pequeños.
jueves, 30 de abril de 2009
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